lunes, 23 de octubre de 2017

Cuchara para el frío (y para el alma)


@martatorresmol

Soy mujer de cuchara. Siempre lo he sido. Pocas cosas hay que consuelen mi alma dolida como un caldo de gallina. Servido en una taza que pueda rodear con las manos. Para sentir el calor. Solo. Sin nada. Sólo el caldo. Me encantan las cremas de verduras. De cada verdura por separado, intensas, que dejen notar bien el sabor. Si en verano siempre hay gazpacho casero en la nevera, en invierno no faltan nunca las cremas. Me gusta ir al mercado a escoger las verduras, volver a casa y pasar la mañana cocinando con música y una copa de vino. Nunca uso nata. Ni leche. No hace falta. Con una buena cantidad de verdura y un buen rato de batidora no hace falta. Quizás no estén tan melosas, pero el sabor lo compensa. Tampoco mezclo nunca patata. La receta es casi la misma para todas, pero con los años he ido descubriendo pequeños detalles que mejoran cada una de ellas. Espero ir descubriendo muchos más.

Receta base
En una olla grande, sofreír en aceite de oliva una cebolleta grande (o dos pequeñas). Cuando esté transparente, añadir la verdura a trozos, mejor que no sean muy pequeños, y darle unas vueltas. Salpimentar y echar luego un vaso de alcohol (a veces vino, a veces cerveza, a veces coñac). Esperar a que se evapore todo el alcohol (es fácil, basta con acercar la nariz, si queda alcohol, lo notaréis) y cubrir luego la verdura con agua fría. Dejar cocer hasta que notéis con un tenedor que está blanda. Es importante no cocerla de más para que la crema tenga el máximo sabor. Triturar con la batidora hasta que tenga la textura que os guste. Y listo. No puede ser más sencillo.


Crema de coliflor
Mi favorita. Descubierta hace sólo un par de años. Me gusta el sabor intenso de la coliflor combinado con la delicada textura de seda. No hace falta cortarla a trozos muy pequeños, a mí me gusta dejar los brotes enteros y verlos bailar en el agua mientras cuecen, como pequeños arbolitos blancos. Siempre añado un botellín de cerveza mientras se sofríe. Está buenísima tan cual, pero exquisita con un poco de queso azul añadido por encima, dejando que se derrita con el calor de la propia crema.

Crema de zanahoria
Fría o caliente. Da igual. Está rica en cualquier época del año. Mejor, aunque sean algo más caras, comprar manojos de zanahorias de los que vienen aún con los tallos. Es la mejor forma de asegurarse de que están frescas y, sobre todo, tiernas. Si lo son lo suficiente no hace falta ni pelarlas, con lavarlas bien con un cepillito, listo. Un vaso de vino blanco para sofreírlas con la cebolla ya dorada. Siempre le añado un pellizco de comino y en verano, además, menta fresca.

Crema de calabaza
Es la histórica de mi casa. La que mis amigos han probado decenas de veces y la que me piden cada vez que saben que van a venir. Es fuerte, intensa. Me gusta así. Es importante que la calabaza no esté muy madura. Y también es muy importante no dejar sofreír mucho la cebolla. De hecho, ambas cosas son muy importantes, sino la crema quedaría demasiado dulce. Vino blanco. Y un poquito de curry. El jamón ibérico le va genial, si queréis añadirle algo que se mastique. O una cucharada de yogur griego sin azúcar, si queréis suavizar el sabor.

Crema de puerros
Me vuelve loca por su sabor, pero también me vuelve loca por el trabajo que supone pasarla después por el pasapuré para que no quede ningún hilito. Shhhhhh... Un secreto: si cuando la cebolla esté transparente se le añade una manzana granny smith (¡sólo vale granny smith!), la manzana verde ácida de toda la vida, picada, se consigue un sabor exquisito. Vino blanco (como en casi todas las cremas), bien de pimienta y un toque de nuez moscada. Me encanta con unas gambitas cocidas.

Crema de setas
Es la menos económica de todas, pero el sabor lo compensa. Nada de champiñones, setas de cardo. Añadir champiñones para engordar la crema porque son baratos no vale la pena. Es preferible hacer poca cantidad y con todo el sabor. Ni vino ni cerveza. Media copa de coñac y flambear (acordaos de apagar el extractor si lo tenéis encendido). No añadáis mucha agua, sólo cubrir, que se hacen en un momento.

Crema de calabacín
Era una de las que más preparaba hace años y, sin embargo, ahora la verdad es que la cocino poco. Cuando llego al puesto de frutas y verduras los calabacines acaban quedándose en un par y para cualquier otra cosa que no sea crema. Ni se os ocurra echarle cerveza si no tenéis vino, quedará demasiado amargo. Me gusta tomármela con una cucharada de queso crema (tipo philadelphia) y un poco de albahaca fresca o tomate seco picado.

miércoles, 18 de octubre de 2017

'Tres días y una vida', la culpa


@martatorresmol

La culpa puede decidir una vida. Puede decidir por ti. Escoger por ti. Descartar por ti. Hacer como que olvida por ti. Fingir por ti. Mentir por ti. La culpa puede comerte. Darte un buen mordisco, un bocado atroz, que te deje medio muerto y una cicatriz que te impida olvidar. Y seguir comiéndote, poco a poco, royéndote y lamiéndote, el resto de tu vida. La culpa... Ésa es la protagonista de 'Tres días y una vida', de Pierre Lemaitre, que sigue fascinándome por su capacidad para tenerte con el corazón en la boca durante todas y cada una de sus páginas. Con sencillez, con naturalidad, sin artificios. Como si sus historias discurrieran por el único camino posible y, al mismo tiempo, el que no esperarías nunca.

'Tres días y una vida' sucede en Beauval, un pequeño pueblo francés. Un lugar en el que todos se conocen y en el que, quizás por eso, todos se esconden. Protegen lo que ocurre visillos adentro con el mismo afán con el que tratan de mirar más allá de los visillos de los demás. El protagonista es Antoine, un tímido preadolescente de doce años condenado a la soledad de los bosques que rodean la aldea desde el momento en que su madre le prohíbe jugar con las consolas de sus amigos. Apartado del grupo, sintiéndose aislado, Antoine pasa las horas construyendo una cabaña en un árbol con la única compañía de Ulises, el perro de su vecino y, a veces, Rémi, su pequeño dueño. Antoine, que siente que ese perro es el único ser en el planeta que le entiende (su padre huyó de su lado tras el divorcio y su madre trabaja tanto para mantenerle que apenas está en casa), no puede superar la despiadada muerte del animal, que presencia, horrorizado. Primero le poseen las lágrimas, las pesadillas. Luego, la rabia, que paga con quien no tiene culpa alguna. Y finalmente, la culpa, que ya no le abandonará. Por más que pase el tiempo. Y que irá, con el paso de esos años, configurando a su antojo la personalidad de Antoine. Y estableciendo los límites no deseados de su vida. Porque la culpa, como la tristeza y como la soledad, si no las echas a tiempo, se te meten tan dentro que ya no hay manera fácil de deshacerte de ellas.

Lemaitre, con esa asombrosa clarividencia de la parte más oscura del ser humano, con ese profundo conocimiento de nuestra cara B, te hace sufrir. Como si fueras Antoine. Porque, ¿quién está seguro de que jamás mataría a otra persona? Es una pregunta a la que tuve que responder hace tiempo, en la universidad, en una de las fabulosas clases de 'Periodismo y literatura'. A pesar de los años que han pasado, mi respuesta sigue siendo la misma: cualquiera, en un momento dado, se puede manchar las manos con sangre ajena. Y entonces, salvo que seas un sociópata, ahí estará la culpa. Intentando hacerse dueña de tu vida.

"A finales de diciembre de 1999, una sorprendente serie de sucesos trágicos sacudió Beauval, el más importante de todos, la desaparición del niño Rémi Desmedt. En esa región cubierta de bosques y habituada a un ritmo lento, la súbita desaparición del pequeño causó estupor e incluso fue considerada por muchos de los habitantes como un presagio de futuras catástrofes. Para Antoine, que estuvo en el centro del drama, todo empezó con la muerte del perro. Ulises."

Título: 'Tres días y una vida'
Autor: Pierre Lemaitre
Traductor: José antonio Soriano Marco
Editorial: Salamandra
Páginas: 224
Precio: 18€
Procedencia: regalo mamá

lunes, 16 de octubre de 2017

'Muñeca de porcelana', las entrañas del poder


Foto: Sergio Parra

"Todos quieren ir al cielo, pero nadie quiere morirse antes".

Cuánta verdad encierra esa frase de 'Muñeca de porcelana', una obra escrita por David Mamet. Es lo que tiene el buen teatro, que planta verdades incuestionables sobre el escenario. Y no sólo verdades. Planta sobre el escenario al ser humano. Todas sus miserias. Todas sus flaquezas. Todas sus mentiras. Todos sus trucos. Ver una buena obra de teatro es mirarse al espejo. A veces te ves reflejada a ti misma con tanta crudeza que te asusta. Otras, la mayoría, en ese reflejo aparece la sociedad al completo. Y entonces, si la obra es redonda, sientes asco. Grima. Unas profundas ganas de vomitar. Y te planteas cómo se puede llegar hasta ahí. Me pasó, hace años, con 'Todos eran mis hijos' y con esa facilidad con la que un empresario envía a la muerte segura en sus aviones inseguros a combatientes americanos. Me pasó con la fabulosa 'Celebració' y ese padre depredador sexual. Y me pasó hace unos días con 'Muñeca de porcelana' y ese empresario (inmenso José Sacristán) que pasa de tener la sartén por el mango a que le tengan pillados por los huevos, con perdón de la expresión.

Todo pasa en unas horas. Sin salir de una oficina. Con dos actores y un teléfono. No hace falta nada más. Es suficiente para ver la caída de un hombre. La de un empresario de éxito de edad avanzada encaprichado de una joven actriz a la que le acaba de comprar un avión y por la que ha decidido jubilarse y dedicarle todo el tiempo posible. Lo que muestra Mamet son las últimas horas de ese empresario en su despacho, instruyendo a su joven ayudante, que es quien se hará cargo de sus negocios tras su jubilación. Nos muestra a un hombres irascible, tirano, incluso, acostumbrado a ganar, a que no le lleven la contrario, a no dar su brazo a torcer, a doblegar a los demás. Y a otro hombre apocado, tímido, con ganas de decirle a su jefe lo que piensa, aplicando toda la mano izquierda que tiene para alzar su voz y que su mentor le atienda. Bien. Eso es al principio. Antes de que empiecen las llamadas. Las decenas de llamadas. La llamada que significará el cambio de todo. Porque lo que Mamet, con genialidad, nos muestra es la digestión del poder, los intestinos, los viscosos caminos que siguen política y dinero, tan enredados el uno con el otro que es imposible separarlos sin echar mano de unas tijeras. Y ahí, esa llamada, ese tijeretazo, aunque sólo sea por una cuestión estética, por miedo a la prensa, a un juicio o a la cárcel, lo cambia todo. Cambia las perspectivas de futuro de Ross. También las de su ayudante. Cambia el tono de las conversaciones. Cambia las palabras. Cambia los gestos. En apenas una hora y cuarto, con simples llamadas de teléfono, el empresario de éxito deja de ser alguien a quien envidiar y el ayudante pacato deja de ser alguien a quien compadecer. Una evolución de personajes digna de los de Carol Reed en 'El tercer hombre'. No había vuelto al teatro desde 'Tierra del fuego', que me dejó noqueada. Y he vuelto a salir casi igual.


Título: 'Muñeca de porcelana'
Autor: David Mamet
Director: Juan Carlos Rubio
Actores: José Sacristán, Javier Godino
Versión: Bernabé Rico
Ayudante de dirección: Chus Martínez
Escenografía: Curt Allen Wilmer
Iluminación: José Manuel Guerra
Sonido: Mariano García
Figurinista: Guadalupe Valero
Vestuario: DERBY 1951
Fotografía: Sergio Parra
Comunicación: Daniel de Vicente
Producción en gira: Jacinto Bravo, Salvador Aznar
Distribución: Bravo Teatro
Producción ejecutiva: Bernabé Rico
Teatro: Can Ventosa (Ibiza)
Entrada: 22€

jueves, 12 de octubre de 2017

Paula Bonet: "Mi generación no verá la igualdad"




Paula Bonet es directa, siente pasión por lo que hace y no tiene pelos en la lengua. Leer sus palabras y observar al detalle sus dibujos es leerla y observarla a ella. Pone todo de sí en cada uno de sus proyectos y eso es algo que los lectores no agradeceremos nunca suficiente a los autores que lo hacen. Su último libro, 'La sed', es una patada en el estómago. Duele. Te hace pensar. Hay frases que te crujen, que te hacen pensar, que te hacen mirarte en el espejo con otros ojos o caer de bruces con algo en lo que jamás habías caído. 'La sed' plantea muchas preguntas y te deja a solas buscando respuestas. Una búsqueda que ya hicieron, hace tiempo, las mujeres a las que Bonet pone sobre sus páginas, autoras que no pasaron a los libros de texto ni a las lecturas escolares, aunque tuvieron la misma importancia que sus coetáneos hombres: Clarise Lispector, Sylvia Plath, María Luisa Bombal, Anne Sexton...

Marta Torres Molina | Ibiza

Su último libro se titula ‘La sed’, leyéndolo creo que podría haberse titulado ‘El dolor’.
Contiene mucho dolor, pero ése no fue un título que barajé. Había otros: ‘El desgarro’, ‘La muda’ o ‘El deshielo’. Decidí no ser tan evidente y usar la metáfora de la sed que, de alguna manera, los engloba a todos.

¿La sociedad actual ha desaprendido el sentido del dolor?
En nuestra sociedad vivimos de espaldas al dolor, hay otras que no y, cuando aparece, los gestionan mucho mejor. Cuando empecé ‘La sed’, que surge de un desgarro, de un descontento con el contexto, de un derrumbamiento, me di cuenta de que el tiempo que iba a invertir trabajando en el libro y viviendo iba a ser doloroso. Lo acepté. Decidí acomodarme lo máximo posible. Como cuando tienes un vuelo muy largo, sabes que estarás en un espacio muy reducido muchas horas e intentas acomodarte y pasarlo. Dar la espalda al dolor es un error mayúsculo.

En el libro aparece un cardenal. Es la primera vez que entiendo su sentido: te haces daño, aparece, te duele, desaparece, ya no te duele. ¿No hay cardenales para el dolor no físico que nos digan cuándo debería dejar de doler?
O que nos indiquen cómo convivir con ese dolor. Tienes que saber que el dolor puede convivir con la felicidad. Estamos todo el tiempo bombardeados por mensajes extremadamente positivos y eso no nos beneficia, no nos hace ningún favor.

Dice en el libro algo así como que quería ser libre y que, una vez conseguida, esa libertad le quema las manos.
Es muy complicado gestionar la libertad, muy difícil. El proceso de aprendizaje es largo.

Libertad y felicidad...
...van de la mano.

En una balanza, ¿cuál pesaría más?
Aunque la libertad conlleve tener que tomar muchas decisiones que a veces son dolorosas, para mí significa felicidad. Enfrentarte a ti mismo, aceptar tus defectos, convivir con ellos... La libertad es dolorosa porque debes encararte a... (seguir leyendo)


lunes, 9 de octubre de 2017

'El invierno más frío', si Holden Caulfield hubiera sufrido abusos sexuales


¿Cómo hubiera sido 'El guardián entre el centeno' si un adulto hubiera abusado sexualmente de Holden Caulfield? Pues que lo que hubiera escrito Salinger habría sido 'El invierno más frío'. Porque hay mucho de Holden Caulfield en Aidan donovan, el protagonista de esta novela de Brendan Kiely. O, al menos, yo no he podido despegarme durante toda su lectura de esa sensación. Supongo que eso tiene la culpa de que no haya disfrutado del todo de esta novela. A pesar de las entusiastas críticas que ha tenido en Estados Unidos. La historia de Donovan, un adolescente que fuma a escondidas y que, pronto sabremos, tiene un gran conflicto personal, está escrita con una gran sensibilidad. Y con muy buena mano, porque ese conflicto, ese secreto, ese problema que convertirá sus próximos años en un infierno, va dibujándose poco a poco. Surge de entre las páginas, descolocándonos.

Intuimos algo sucio y despreciable que el hecho de que el padre Greg sea el único que le escucha, pero intuimos también que lo que angustia a Donovan no es eso. No exactamente eso. Algo relacionado, pero no eso. El adolescente debe lidiar con el abandono del padre Greg, después de lo que le ha hecho durante años, con su situación familiar, con la incredulidad de su madre, con las primeras consecuencias en su día a día de unos abusos que para él eran algo normal e, incluso, una muestra de cariño, de que le importaba a alguien, de que alguien le quería. Una trampa de la que, a lo largo de la novela, va siendo cada vez más consciente. Las drogas, el tabaco, la bebida y el sexo serán las salidas que encontrará el adolescente, ese Holden Caulfield que ha sufrido abusos sexuales durante años. Y que, lo que es peor, los ha confundido con cariño.

"Para contar lo que pasó de verdad, lo que nadie sabe, lo que no dijeron los periódicos, tengo que empezar por la fiesta de Nochebuena de mi madre. Dos noches antes, como si el universo fuera el coproductor de su gran espectáculo, una tormenta de nieve había blanqueado nuestro rincón de Connecticut. Mi madre estaba encantada. Velas eléctricas en las ventanas, guirnaldas en las puertas, fotogénicos montones de nieve contra los muros de la casa..., todo era "simplemente maravilloso", como habrían dicho sus amigas. El espíritu navideño nos invadiría a todos, o al menos lo aparentaríamos."

Título: 'El invierno más frío'
Autor: Brendan Kiely
Traductora: Claudia Conde
Editorial: Seix Barral
Páginas: 320
Precio: 19,90€
Procedencia: biblioteca

jueves, 5 de octubre de 2017

'La tempestad', Venecia, Giorgione y un muerto


@Martatorresmol

A veces hay que vencer los prejuicios. Por mucho que cueste. Porque te pierdes muchas cosas buenas por su culpa. Leer 'La tempestad', de Juan Manuel de Prada, ha sido eso, tumbar un prejuicio. Y medioreconciliarme, además, con los premios Planeta, que dejé de leer hace mucho después de un par de decepciones que me hicieron pensar: "¿Los que le han dado el premio a esta bazofia se la han leído?". Hace años (creo que aún no había cumplido los 20) compré el libro en una edición de bolsillo. Era una larga espera en el aeropuerto, por trabajo (en este oficio la puntualidad es casi casualidad), acabé el libro que tenía entre manos y me fui pitando a la librería de la terminal para hacerme con otro. Compré una edición de bolsillo seducida por la imagen y la frase de portada. Pero no pude ni empezarlo y, al llegar de nuevo a la redacción, no lo tenía. Pasaron los años y ni se me pasó por la cabeza recuperarlo y leerlo básicamente porque por entonces su autor, Juan Manuel de Prada, que ya participaba en tertulias, no era santo de mi devoción. Casi agradecí (que el dios de los libros me perdone por ello) haber perdido aquel ejemplar. Hace un par de años alguien a quien le tenía un cariño que no se merecía me dijo que ese libro, 'La tempestad', había sido una de sus últimas buenas lecturas. Puse un mohín de desprecio e incredulidad, pero aquella opinión se me quedó ahí. Ese mismo año, el día de Sant Jordi, tuve que ir a cubrir unas fiestas de pueblo. La biblioteca había salido a la calle. Tenía una mesa enorme colmada de libros de la que las bibliotecarias invitaban a los paseantes a llevarse alguno. Y ahí estaba, 'La tempestad', de Juan Manuel de Prada, en la misma edición perdida años atrás. Y me lo llevé. Y esa misma noche lo empecé a leer. Y casi lo acabé.

Ya los primeros párrafos, con ese hombre contemplando cómo otro se desangra, son subyugantes. Adelantan lo que se te viene encima: Venecia, un asesinato, un personaje (o varios) misteriosos, arte... Lo que más cala, sin embargo, es el ambiente. Pasado un tiempo, la trama de desdibuja en la memoria, pero los personajes siguen ahí, claros y contundentes, envueltos de la humedad, el frío que se cuela hasta el tuétano y la oscuridad de la Venecia de invierno. Sensaciones, todas ellas, muy alejadas de la Venecia turística. Uno de los aspectos más interesantes de la novela los protagoniza el cuadro que da título al libro, 'La tempestad', de Giorgione, que el protagonista, un joven profesor de arte español, estudia y el motivo que le lleva a la ciudad italiana. Es imposible avanzar en la trama del asesinato (uno de los mejores falsificadores de Venecia) sin buscar y devorar con los ojos la pintura renacentista. Con cada comentario sobre ella, la imagen se va tatuando en la retina. La trama, ese asesinato con el que la ciudad recibe al español, esa maleta misteriosa que ayuda a robar, ese socio del falsificador que se hace amigo suyo, ese amor frustrado... Todo eso da igual. Lo que atrapa es esa Venecia, muy similar a la que Henry James retrata en 'Los papeles de Aspern', oscura e inhóspita.

"Es difícil y obsceno soslayar la mirada de un hombre que se desangra hasta morir, pero más difícil aún es sostenerla e intentar zambullirse en el torbellino de pasiones confusas y secretos póstumos que se agolpa en sus retinas. Es difícil y laborioso asistir a la agonía de un hombre anónimo (pronto sabría que se llamaba Fabio Valenzin, traficante y falsificador de arte), en una ciudad inexplorada, cuando la noche ha alcanzado ese grado de premeditación o alevosía que hace de la muerte un asunto irrevocable."

Título: 'La tempestad'
Autor: Juan Manuel de Prada
Editorial: Planeta
Páginas: 328
Precio: gratis (790 pesetas originalmente)
Procedencia: regalo de la biblioteca

lunes, 2 de octubre de 2017

'Todos nuestros ayeres', las pequeñas cosas son las que hacen bailar las cortinas


@martatorresmol
Si el destino se anuncia con música de charanga, mejor ponerse en guardia. Es una villanía maldecir a un perro. Sin la vergüenza la humanidad sería mucho mejor. Llega un momento de la vida en el que son los hijos los que educan a los padres. A los muertos se les debe juzgar como si estuvieran vivos. El valor no te lo encuentras un día en el bolsillo. Los cerdos son felices en cualquier lado. Una casa sin visitas es triste. Todo hombre, mirado muy de cerca, acaba dando pena. Son sólo algunas de las enseñanzas que supura 'Todos nuestros ayeres', de Natalia Ginzburg, maravillosamente traducida por Carmen Martín Gaite. Una novela que baila en la cotidianeidad, como las cortinas en una casa por cuyas ventanas se cuela el aire. El vendaval. La tormenta. La guerra. Y todo hace bailar las cortinas, las vidas, las cabezas...

'Todos nuestros ayeres' va de eso, de la vida, que puede con todo y sigue a pesar de todo. A pesar de la muerte de los demás, a pesar de la guerra, a pesar de la pobreza, a pesar del desamor, a pesar del abandono, a pesar de las dificultades, a pesar del enfado, y de la miseria y del hambre y de los malentendidos y de las desgracias y de los planes frustrados y de los días sin risas y de las malas caras y del desengaño y de la clandestinidad y de las bombas y del recuerdo y de la tristeza. Sólo la muerte, la propia, se interpone a esa vida que continúa pese a todo. A esa cotidianeidad invencible. Tu propia muerte sólo acaba contigo, lo demás, pasado el duelo, sigue igual. O casi. Queda una mota, una mancha enorme, un recuerdo que de vez en cuando te da un mordisco, pero la vida avanza. Eso es algo que saben muy bien los protagonistas de esta novela, que comienza en los pasos previos a la Segunda Guerra Mundial y culmina con la liberación de Italia. Lo sabe muy bien Anna, que debe sobreponerse al suicidio de su hermano Ippolito, que encuentra en un revólver la solución a no querer ir a la guerra, y a un embarazo no deseado. Lo sabe muy bien Danilo, que esconde panfletos antifascistas y acaba en la cárcel. Y Cenzo Rena, que en una aldea del sur de Italia, guarda a Anna e intercede por los campesinos frente al alcalde. Y la señora Maria, que se adapta a todo. Y el turco refugiado. Y Franz, el judío, que se esconde de los alemanes. Y Giuma, que desconoce el significado de la palabra responsabilidad. Anna observa. Y cuenta. Ese baile de cortinas, tan cotidiano que casi pasa desapercibido, tan cotidiano que muestra y esconde la vida. Ésa que sigue a pesar de todo. Porque las grandes cosas hacen mucho ruido, pero son las pequeñas, al fin y al cabo, las que dan forma a todo. Y en eso, en esas pequeñas cosas, es en lo que se fija Natalia Ginzburg, lo que cuenta, en donde pone el foco, lo que engrandece para darle su lugar justo.

"Anna, Giustino y la señora Maria iban al cementerio algunos domingos. Concettina no, porque ella nunca salía de casa los domingos, eran días que detestaba. Se ponía el vestido más feo que pudiera encontrar y se quedaba encerrada en su cuarto zurciendo medias. En cuanto a Ippolito, tenía que hacerle compañía al padre. En el cementerio, la señora Maria rezaba, pero los chicos no, porque el padre siempre decía que rezar es una estupidez, que Dios a lo mejor existe pero no hace falta rezarle, es Dios y ya sabe por sí mismo cómo anda todo."

Título: 'Todos nuestros ayeres'
Autora: natalia Ginzburg
Traductora: Carmen Martín Gaite
Editorial: Lumen
Páginas: 360
Precio: 20,90€
Procedencia: regalo

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