jueves, 29 de junio de 2017

Una vez quise vivir en un faro...


  (Faro de Barbaria, Formentera)                       @Martatorresmol

Una vez quise vivir en un faro. Era una vez oscura.
Incluso en tierra, un faro es un faro. Alumbra. Muestra el camino. Vivir en un faro te llena los oídos de olas y la piel de sal. Aún recuerdo la carcajada de un farero cuando se lo pregunté, hace mucho, cuando mi grabadora funcionaba con cintas de casete y aún quedaban fareros. Que vivían en faros. Primero se rió, unas preguntas más tarde, serio, me dio la razón. Tenía las olas tan metidas en la cabeza que a veces se le olvidaban. Estaba tan acostumbrado a la sal que, tierra adentro, echaba de menos la rigidez de la ropa con su almidón de salitre. Y el haz constante de luz colándose por las rendijas de la persiana.

Una vez quise vivir en un faro. Estaba llena de luz.
Podría haber sido la linterna. Pasar las noches aguardando el día. Velando. Soñando. Guiando. Alertando. Pasar las mañanas junto al acantilado. Pegada al borde. Con las puntas de los zapatos suspendidas en el aire. Mirando al abismo a los ojos. Dejando que el viento me despeinara. Viendo los vuelos en picado de las gaviotas. Contando borreguitos y adivinando la cadencia de las olas. Las tardes de invierno leyendo frente a la chimenea con una copa de vino tinto. Y las de verano... Las de verano esperando la noche en cualquier otro lugar. Llenándome de atardeceres. Llenándome de luz para ser, cada noche, una y otra vez, la linterna.

Una vez quise vivir en un faro. Es una vez eterna.
Está ahí. Todas las noches en las que me siento en la arena de la playa, abrazada a mis rodillas, buscando con los ojos, al sur, la luz. El guiño. La intermitencia. En mitad del paso de los Freus. En el islote de los Ahorcados. Uno de los destinos más peligrosos para los antiguos torreros. Donde varios empeñaron su vida por salvar las de los náufragos. Los faros calman. Sitúan. Te permiten volver a respirar. Te despiertan en mitad de la noche. En las madrugadas de niebla. Los zumbidos de su sirena se cuelan en tus sueños. Los llenan de mar. Y de sal.
Sigo queriendo vivir en un faro.

lunes, 26 de junio de 2017

'La regata', volver (leer) a casa


Hay algo en los libros de Manuel Vicent que es como volver (leer) a casa. Sobre todo en aquellos en los que el Mediterráneo (su Mediterráneo, mi Mediterráneo) está ahí, llenando las páginas de luz, de sal, de sensualidad, de carnalidad. Sus libros son como esa sensación que tengo al regresar a la orilla de este mar que me crió después de muchos días lejos de él.  En 'La regata', la última novela del escritor castellonense, apenas salimos del mar porque 'La regata' es, precisamente, eso, un recorrido en velero que parte desde la costa levantina y nos lleva por las aguas de Ibiza (Eivissa), Cabrera y Menorca para llegar a Alguer, en Cerdeña, y regresar de nuevo a puerto por el Oeste de Mallorca. Supongo que esto es un extra para quienes conocemos esas orillas. Reconocemos los escenarios, los amaneceres y ocasos, el frescor improvisado de una ventresca de atún sobre unos pimientos asados, el sabor de una copa de vino con los labios llenos aún de sal, el placer de nadar sin bikini, y al Mediterráneo cuando, a pesar de la imagen que mucho tienen de él, se pone corajudo en pleno verano.

Todo esto (escenarios, placeres, sabores, sustos...) lo descubrimos junto a los participantes en esta regata, una de tantas que organizan en verano los clubes náuticos, regatas no competitivas en las que los socios participan por el mero placer de navegar. Y en esos participantes está otro de los atractivos de esta novela. Arquetípicos. Reconocibles. Da igual los nombres con los que los ha bautizado Vicent, yo les he puesto otros. Nombres reales. De personas de verdad. Con las que me cruzo a veces. A las que conozco. Con las que he tratado por trabajo. Está el cirujano plástico que utiliza el ambiente del club para captar clientas. El corrupto al que le estalla un escándalo en mitad del mar. El periodista invitado que espera que las singladuras le traigan inspiración. La jovencita que se entiende con un hombre mayor. Las adolescentes que no llevan nada que no sea de marca y hablan como si tuvieran una pelota de ping-pong en la boca. El mecánico del club al que se la refanfinflan los millones de los socios. Una repeinada familia del Opus. El empresario, aparentemente un honesto padre de familia, que celebra con prostitutas de lujo el cierre de un buen negocio. Y bueno, aunque no zarpa del club, también está el financiero al que, en las primeras páginas de la novela, le sobreviene la muerte mientras disfruta de una sesión de sexo duro con su joven amante, una actriz que le tiene echado el ojo a su billetera. Entre los personajes y el escenario, la novela baila. Oscila. De la sensualidad y el lirismo del Mediterráneo a la comicidad de algunas de las situaciones. No es 'Son de mar', esa novela con la que me enamoré, muy jovencita, de la prosa de Manuel Vicent. No es 'Son de mar', pero es mediterránea, fresca, limpia, luminosa, salada, hedonista, sensual...

"Cerca del mar, en un valle donde florecen los limoneros, hay una casa solariega de gruesas paredes encaladas, porche de cuatro arcos y hondo zaguán, rodeada de varias hectáreas de tierras de labranza que ya nadie cultiva a la espera, tal vez, de que se conviertan en un magnífico solar recalificable en la próxima fiesta de la codicia".

Título: 'La regata'
Autor: Manuel Vicent
Editorial: Alfaguara
Páginas: 240
Precio: 18,90€
Procedencia: préstamo Marian

viernes, 23 de junio de 2017

'No llegarás a Cascamorras', asesinato en Baza


Lo importante que es tener buenos editores... Y buenos consejeros y lectores número cero que le digan a un autor, con cariño, lo que realmente les ha parecido una novela. Y qué pena da cuando una novela que podría ser medianamente decente queda arruinada por detalles que, fácilmente, podrían haberse cambiado, suprimido o mejorado. Creo que es lo que le ocurre a 'No llegarás a Cascamorras', de Antonio Francisco Martínez, una novela negra ambientada en Baza (Granada), el pueblo natal del autor, en cuya principal fiesta, el Cascamorras, aparece un cadáver envuelto en una tela manchada con pintadas de manos y con la leyenda que da título al libro. Precisamente que esté ambientado en su pueblo, un lugar que conoce a la perfección, es el principal problema. Hay demasiados datos y comentarios que no vienen a cuento y a los que no le veo más sentido que conseguir que esbocen una sonrisa propietarios de bares y restaurantes, de compañías de baile, de personajes de la localidad cuando se lean al pasar las páginas. Quizás a ellos les haga gracia, pero a mí, lectora ajena al pueblo, me han sobrado y me han interrumpido constantemente la lectura del libro. No es lo único que me ha molestado. Hay otra cosa, pero supongo que eso es algo en lo que pocos lectores se fijarán: las referencias a la prensa. Leía titulares y textos de supuestas informaciones periodísticas y mi mano derecha buscaba inconscientemente el bolígrafo rojo de las correcciones. No porque hubiera faltas de ortografía, sino por la redacción de esas piezas, a las que les hubiera dado la vuelta. Pero bueno, ya digo que eso es algo muy mío.

Por lo demás, la novela no está mal. No es un novelón, pero entretiene y uno de los personajes, una criminalista de la Guardia Civil que es la que finalmente descubre quién es el asesino (algo fácil de adivinar para el lector, ya que no hay muchos personajes en la historia), está bastante bien construido.

"En plena vorágine fiestera, junto a los emblemáticos Caños Dorados, la negra marea se paró, los gritos callaron, los relojes se detuvieron, los corazones dejaron de latir, el viento dejó de soplar, incluso la lluvia pareció dejar de caer. Fue como la imagen congelada de una película muda en blanco y negro. El trueno más estruendoso que recuerdan los viejos del lugar no pudo callar los gritos de pánico que siguieron cuando apareció el cuerpo".

Título: 'No llegarás a Cascamorras'
Autor: Antonio Francisco Martínez
Editorial: SoldeSol
Páginas: 232
Precio: 12€
Procedencia: regalo mamá

lunes, 19 de junio de 2017

'La biblioteca de los libros rechazados', vuelta atrás con Foenkinos


Definitivamente, mi relación con David Foenkinos está condenada a dar pasos adelante y pasos atrás. Me cuesta creer que el escritor de 'La delicadeza', que me gustó en un primer momento y que con el paso del tiempo dejó de hacerlo (por más premios y críticas buenísimas que consiguió), fuera el autor de 'Charlotte', un libro que me destrozó y me emocionó y me admiró, y ahora sea el padre de 'La biblioteca de los libros rechazados', que estaría más cerca de la primera que de la segunda. No me ha parecido un horror, ni mucho menos, es un libro divertido, de esos que se leen rápido (me duró poco más de un trayecto Liverpool-Ibiza), bien escrito y bastante previsible. Seguramente entraría en la categoría que mi amiga lectora Montse (prometo solemnemente no volver a recomendarte un libro de Pamuk) y yo definimos como "libros felices", aunque muy por los pelos, todo hay que decirlo. El principal problema que le he encontrado es el mismo por el que no me gustó 'La delicadeza': me caen mal, pero que muy mal, los protagonistas. Y no sólo ellos, también otros de los personajes. Empiezo a pensar que al escritor parisiense se le dan bien las historias, pero le cuesta dar vida a personajes con los que, al menos yo, pueda empatizar.

La idea de partida es divertida: una biblioteca en la que los escritores depositan los manuscritos que les han rechazado las editoriales y en la que una editora que parece tener olfato, Delphine, y su novio, Frédéric, un escritor fracasado, encuentran una novela fabulosa, 'Las últimas horas de una historia de amor', que ella decide publicar arropada en la singular historia de su descubrimiento. "Thriller literario", se autodefine esta novela en su propia contraportada. Algo grande le queda lo de thriller, creo. Porque sí, hay un misterio, toda una historia que descubrir. La historia del autor de esa novela, Henri, un pizzero fallecido que jamás había mostrado interés alguno por los libros, mucho menos por escribir, según aseguran su viuda y su hija. Y es ahí, casi al principio del libro, cuando cualquier lector un tanto avispado puede ya deducir el desenlace final de la novela, que se hace aún más evidente cuando un crítico literario caído en desgracia, que tiene la mosca detrás de la oreja con la rocambolesca historia de la novela (que es un bombazo editorial), decide investigar de verdad qué hay de verdad detrás del hallazgo del manuscrito. Y ahí tengo que romper una lanza por uno de los personajes de Foenkinos: el crítico, Jean-Michel, me gusta. Está bien trazado, lo ves, lo imaginas, y a pesar de que se supone que debería caer mal, curiosamente es el único que de verdad me gusta y me convence. En fin: un libro perfecto para una mañana de playa o piscina o un trayecto en avión. Entretiene, no te obliga a pensar, la trama es graciosa y el karma (yo prefiero llamarlo justicia poética) acaba haciendo acto de presencia, lo que es muy de agradecer y lo que me ha hecho darle vueltas a que, quizás, a Foenkinos tampoco le caen muy bien sus protagonistas.

"Jean-Pierre Gourvec estaba orgulloso del letrerito que podía leerse en la entrada de su biblioteca. Un aforismo de Coiran, irónico para un hombre que no había salido nunca, como quien dice, de su Bretaña natal: 'París es el lugar ideal para fracasar en la vida'."

Título: 'La biblioteca de los libros rechazados'
Autor: David Foenkinos
Traductoras: María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego
Editorial: Alfaguara
Páginas: 296
Precio: 18,90€
Procedencia: regalo familiar

miércoles, 14 de junio de 2017

Una Osa Mayor imperfecta


@Martatorresmol

Por las noches, cuando sopla viento del norte y mira al cielo, se acuerda de él. Él. El astrónomo aficionado. El hombre que de noche buscaba historias en la cúpula celeste y por las tardes, constelaciones en su piel. “Búscame a tauro”, le pedía ella, ofreciéndose sobre la cama. Y él, bizco de concentración, repasaba una y otra vez sus lunares. Los rozaba con la yema del índice derecho. “Alcíone, Aldebarán, Elnath...”. Llamaba a las estrellas. Sin éxito. “He encontrado la Osa Mayor”, la consolaba él, besando uno a uno aquellos seis lunares en la caída de su hombro. Una estrella. Un beso. “Dubhe, Merak, Phecda, Megrez, Alioth... Alkaid”. Gruñía. Volvía a intentarlo. “Dubhe, Merak, Phecda, Megrez, Alioth...”. Buscaba con los ojos. Con los besos. Con la yema del dedo. “Te falta Mizar”, susurraba. Y ella lo sabía. Sabía que, una vez más, él se perdería en la noche. Rumbo al norte. Buscando la constelación perfecta.

lunes, 12 de junio de 2017

'Ibiza, la isla de los ricos', esloras de infarto y champán de 1,7 millones de euros


Hubo una Ibiza (Eivissa, para mí) en cuyo puerto reinaban pailebotes del siglo XIX que los niños conocíamos como si fueran nuestra casa y silenciosos pescadores de mirada adusta que cosían sus redes. Es la Ibiza de mi yo niña. De cuando la felicidad era corretear por el muelle las soleadas mañanas de domingo con un helado de chocolate y limón en verano y un pastel en invierno. La llegada a la isla en barco, presidida por la estampa de la ciudad amurallada, era un momento casi sagrado. Hubo una Ibiza en la que lo único que se escuchaba en las playas era el mar, los gritos de los juegos infantiles y los graznidos de las gaviotas. Donde pedías, con los pies llenos de arena y el agua salada goteándote por la espalda, un frigurón en el chiringuito. Hubo una Ibiza (la hay, aún, pero los aborígenes guardamos esos rincones con celo) que nada tiene que ver con la del lujo, la de los ricos, la de los millonarios que la llenan durante los meses. Ésa es, precisamente, la Eivissa en la que se centra Joan Lluís Ferrer en 'Ibiza, la isla de los ricos', un reportaje extenso que se lee, se devora, más bien, en poco más de una hora después de la cual es imposible no quedarse ojiplática y con la cara congelada. Me ha pasado a mí, y eso que conozco bien la situación y las historias reales que explica Ferrer (ya os hablé aquí de 'Viaje al turismo basura', otro de sus libros), así que imagino cómo se quedarán aquellos que tenga sólo una ligera idea de esa Ibiza de lujo que últimamente tanto se ve en los programas de televisión. Lo mejor de este libro es, sin duda, que huye de todo sensacionalismo. Quizás alguno crea que el autor exagera, pero doy fe de que no es así. Podría haber exagerado, pero es que no hace falta.

Por el libro, estructurado en seis capítulos (Esloras de infarto: los yates; Lujo por los aires: los jets; Comer a cuerpo de rey: los restaurantes; De suite en suite: los hoteles; Exhibirse al sol: las playas, y La fiesta: discotecas y casas), desfilan todo tipo de personajes famosos: Paris Hilton y su desmedido sueldo como discjockey; la baronesa Thyssen, que recibió a bordo del 'Mata Mua' a los inspectores de Hacienda; Puff Daddy, que se quedó colgado en tierra con sus amigos después de que destrozaran el interior del megayate de lujo que habían alquilado para sus vacaciones; Naomi Campbell y su fiesta de cumpleaños con miles de invitados; Stefano Gabbana y su afición de vestir a la tripulación con los disfraces más absurdos... Además de millonarios anónimos que no dudan en pagar decenas de miles de euros por una botella de champán, por una cama balinesa para una mañana de playa o que no tienen reparos en utilizar su jet privado para, por ejemplo, que uno de sus empelados se desplace a cualquier punto del planeta para recoger un vestido que tienen el capricho de ponerse, la laca del pelo que olvidaron en casa o para que vuele hasta ellos su adorada mascota, a la que echan de menos. Parte importante del libro lo ocupan los jeques árabes, algunos de ellos bien conocidos por los lugareños, con los que les gusta mezclarse. Esa afición por pasar desapercibidos que les lleva a tomarse un helado en el negocio familiar que ha congregado a generaciones de ibicencos contrasta con la ostentación de la que hacen gala en otros aspectos: 67 coches de alta gama para su séquito que se lavan cada día aunque no los hayan utilizado o yates de cien metros de eslora que utilizan sólo para llevar a las jóvenes que renuevan cada semana y que sólo llaman a su barco cuando sienten la necesidad de desahogarse, entre otras excentricidades. Una isla que presume de acoger el restaurante más caro del mundo (1.502 euros por menú y persona), no el mejor, sino el más caro, o donde se ha vendido la botella de champán más cara del planeta: 1,7 millones de euros.

Como bien recuerda Joan Lluís Ferrer en el epílogo, en esta misma isla Cáritas da de comer cada día a más de cien personas sin recursos en un comedor que se encuentra a escasos 200 metros del lugar en el que atracan los megayates.

"El puerto de Ibiza ha dejado de ser un puerto para convertirse en un show. En los muelles ya no hay pasajeros normales, ni se ven familias reencontrándose al descargar las maletas, ni abrazos tras el regreso. Hoy, los andenes se han convertido en un escaparate de ostentación para millonarios, en una exhibición permanente de lujo exagerado, en la que magnates, artistas y también delincuentes de alto nivel compiten por ver quién tiene el yate más descomunal, más caro y más recargado de riquezas."

Título: 'Ibiza, la isla de los ricos'
Autor: Joan lluís Ferrer
Editorial: UOC
Colección: Reportajes 360º
Páginas: 136
Precio: 12€
Procedencia: comprado

miércoles, 7 de junio de 2017

'Voces de Chernóbil', si duele leerlo...


No sé si habrá alguien que sea capaz de leer de un tirón, sin pararse a respirar, 'Voces de Chernóbil', de la Premio Nobel de Literatura de 2015 Svetlana Alexiévich. De hecho, si hay alguien capaz de leer este libro (por qué me parece que esa palabra se le queda pequeña...) de un tirón seguramente pensaría que lo ha leído sin entender o que no tiene empatía ni sentimientos. Y no tengo claro cuál de las opciones me gusta menos. Yo he tenido que parar en tres ocasiones, dejar mi edición de bolsillo reposando unos días sobre la mesilla de noche y volver después de lecturas menos contundentes. Si duele leerlo no quiero ni pensar en lo que le tuvo que doler a la periodista escribirlo.

'Voces de Chernóbil' es, precisamente, eso: voces de Chernóbil. Los relatos de los supervivientes. Las historias de aquellos a los que el gobierno silenció. Los recuerdos y sensaciones de los que tuvieron la suerte o la desgracia de que el accidente en la central nuclear de esta localidad bielorrusa  el 26 de abril de 1986 no se los llevara por delante. Más de 40 monólogos (porque eso es lo que hace Alexiévich, meterse en la cabeza de sus entrevistados y hablar por sus bocas) en los que hablan las mujeres de los primeros bomberos que acudieron a la zona cero, niños con malformaciones nacidos décadas después, científicos que acudieron a estudiar la zona y a sus habitantes, personas que se negaron a abandonar su pueblo contaminado, padres que vieron morir a sus hijos, pequeños a los que trataban como apestados cuando conseguían escapar de la contaminación, familias que huyeron de allí con más miedo del que le habían tenido a la guerra, soldados a los que el gobierno engañó para que fueran a Chernóbil, operarios que limpiaron la central soñando en todo lo que comprarían con el sueldo desorbitado que les ofrecían mientras ignoraban que se estaban matando, mujeres que muchos años después siguen temiendo quedarse embarazadas, profesores que describieron el paisaje de Chernóbil como el de una pesadilla, fotógrafos que fueron incapaces de captar imágenes en color de un paisaje tan gris, cazadores y pescadores que tuvieron que acabar con todo animal que encontraron en la zona, médicos rurales incapaces de olvidar los datos exactos de la radiación de sus pacientes...

Sin la primera persona leer este libro no sería lo mismo. Consigue que puedas oír a esas personas. Tener la sensación de que te están hablando a ti. Que te están contando sus historias. Sus recuerdos. Sus miedos. Sus pequeñas ilusiones. Sus vidas. Sus casas. Sus vergüenzas. Sus vivos. Y sus muertos. Cada monólogo tiene su propio tono. Su propia voz. Su propia personalidad. Ése es el gran mérito de la periodista bielorrusa. Que siendo ella la artífice de todo (de las conversaciones, de las preguntas, de los años de investigación...) no la oigas más allá del prólogo, en el que explica de forma breve y concisa qué ocurrió el 26 de abril de 1986 en la central nuclear y sus consecuencias, y del epílogo, en el que habla de cómo el reactor sellado, el sarcófago, se ha convertido en un atractivo turístico. un epílogo que consigue que el libro (insisto, qué pequeña se le queda esta palabra a pesar de ser tan grande) te golpee de nuevo. Con la misma fuerza que en las primeras páginas, ésas en las que Liudmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko, recuerda el ruido en mitad de la noche, los gritos, y cómo su marido, antes de salir de casa por última vez, le dijo que cerrara las ventanas y se acostara, que él volvería pronto. Recuerda que no volvió, que se lo llevaron a un hospital de Moscú, a donde fue a buscar al hombre con el que acababa de casarse y donde ocultó su embarazo para que la dejaran pasar a verle. Recuerda la agonía. Cómo se fue desintegrando. Cómo se iban muriendo sus compañeros. Cómo en quince días se fueron todos. Cómo enterró a su marido... Es sólo el primer monólogo. Hay 42 más.

"No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero... Unas llamas altas. y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. el hollín se debía a que ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaría, como si fuera resina. sofocaban las llamas y él, mientras, reptaba. subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardiente con los pies... Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal."

Título: 'Voces de Chernóbil. Crónica del futuro'
Autora: svetlana Alexiévich
Traductor: Ricardo San Vicente
Editorial: DeBolsillo
Páginas: 408
Precio: 11,95€
Procedencia: regalo mamá

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