sábado, 20 de enero de 2018

Cuando Ibiza halló su latitud


Detalle de Ibiza en el mapa de Mercator-Hondius               @martatorresmol

Marta Torres Molina | Ibiza
Hay que acercarse mucho al papel para apreciar al detalle el perfil de Ibiza trazado hace más de cuatro siglos por el flamenco Gerardus Mercator, para leer los topónimos que apenas caben en el pedazo de tierra junto al que aparece alguna goleta y, cómo no, monstruos marinos. A falta de una lupa, los ojos bizquean sobre el antiguo mapa. «Es la primera vez que las Pitiusas aparecieron cartografiadas en su latitud correcta», afirma Josep Antoni Prats, geógrafo y experto en cartografía, sin apartar la mirada del mapa. Excepto por una franja algo más oscura, cicatriz de un doblez de quién sabe cuántos años, el documento se encuentra en perfecto estado. Data de 1606. Es una edición de Jocodus Hondius sobre una de las planchas originales del ´Atlas´ de Mercator que había adquirido dos años antes: las Pitiusss aparecen en la hoja ´Hispaniae Nova Describtio [sic], de Integro Multis in Locis, Secundum Hydrographicas, Desc. Emendata´.

Mercator, cartógrafo, geógrafo y matemático flamenco, se llamaba, en realidad, Gerhard Kremer. «En los siglos XV y XVI aún se latinizaban los nombres», explica Prats, que detalla que Mercator era «de la escuela de Ptolomeo», al que admiraba y al que corrigió en algunos aspectos, como los perfiles de los continentes.

Sólo hay que mirar algunos de los mapas anteriores a Mercator que se conservan en el fondo cartográfico del Arxiu Històric Municipal (formado en estos momentos por medio millar de documentos) para apreciar, a simple vista, que Ibiza y Formentera aparecen en la posición en la que, en el siglo XXI, estamos acostumbrados a verlas. Y en la forma. Y también en las proporciones.

De hecho, la forma redondeada de Ibiza y la triangular de Formentera dibujadas por Mercator continuaron copiándose hasta bien entrado el siglo XVIII, comenta el geógrafo ibicenco. En el mapa de la Península Ibérica de Gaspar Trechsel editado en 1541 sobre el trabajo de Ptolomeo, por ejemplo, las Pitiusas aparecen más al sur, las dos islas son de tamaño casi idéntico y, además, destacan desde el Arxiu, «los nombres de las islas aparecen intercambiados», es decir, Opuhisa (Formentera) al norte y Ebissus (Eivissa), al sur. Esto mismo ocurre en ´Della region spagnola nvova discrizzione´, editado en 1550 en Basilea por Sebastian Münster, en el que los nombres de las islas son Cormedera (Formentera) y Euiza (Ibiza).

Esta inversión de la posición de las islas no aparece en el mapa más antiguo de los que conserva el archivo. Se trata de una edición incunable... (seguir leyendo).

jueves, 18 de enero de 2018

'Camille', empezar por el final


Nunca me gustó empezar nada por el principio. Supongo que eso está detrás de que haya empezado a leer la saga Verhoeven, de Pierre Lemaitre, por la última de sus entregas, 'Camille'. Eso y el azar. O la casualidad. Entré en una librería y se me fueron los ojos y las manos hacia el ejemplar. Estaba rodeado de los otros tres libros de la saga, pero a mí me dio por escoger el último. Capricho, quizás. Pero sobre todo esa manía de no comenzar nunca por el principio. Es algo que arrastro desde niña. Nunca he sabido de dónde viene. Sólo sé que me gusta. Todo lo que empieza por el principio tiene tendencia a ser ordenado, cronográfico, aburrido. Y prefiero el caos. Su exigencia. El caos te obliga a darle la vuelta a las cosas, a pensar, a ordenar, a entender. El caos y el desorden no aceptan que pases por ellos como si nada. Da igual que no encuentres el principio de la madeja, os lo aseguro, las que hemos sido Ariadna entendemos de hilos y de madejas. Puedes cortar el hilo por donde quieras y tendrás tu propio principio. Empezar algo por el final te obliga a destejer para tejer. Y... ¡Ay! De eso las que fuimos o somos Penélope sabemos mucho.

Y a eso obliga a quienes no hemos leído las tres entregas anteriores (ya estoy deseando ponerme con ellas) a leer con calma, con más calma que si ya hubiéramos devorado las otras tres. 'Camille' empieza como empiezan las novelas de Lemaitre, dura, directa al grano, sin preámbulos, y continúa como continúan las novelas de Lemaitre, con una voltereta que te hace parar, recolocarlo todo, y tratar de atar de nuevo todos los cabos sueltos. Es como si la madeja de hilo que te has preocupado en desentrañar te explotara en las manos. Observas los trozos. Los analizas. Y de repente ves que todo encaja, de otra manera, pero encaja. Y es a partir de ese momento cuando ya no puedes soltar a Camille, cuando no puedes dejar de leer. Cuando te mueres por saber qué pasa con Anne Forestier, la novia del policía, esa mujer que no te explicas cómo sigue viva después de la paliza y de los disparos y de la persecución que sufre en las primeras páginas de la novela, cuando, antes de entrar a trabajar, se ve atrapada en el brutal atraco a una joyería. Sufres, físicamente incluso, todos sus golpes. Su pómulo destrozado, sus dientes rotos, su cara hinchada, sus manos destrozadas. Lemaitre (al que descubrí con 'Vestido de novia'), como siempre, no evita la brutalidad. Conciso, directo, con frases cortas, te la cuenta toda. Al detalle. Sus descripciones son casi quirúrgicas. Es una de sus marcas. Algo que me apasiona. Camille se enfrenta a todo y a todos para proteger a Anne, a la que intuye que uno de los atracadores perseguirá. Le ha visto la cara. Y pronto intuye que hay algo más. Quienes hemos leído a Lemaitre en otras ocasiones también lo intuimos. Las cosas, en sus historias, no son tan fáciles, tan planas, tan lineales. Ya sabéis, la madeja.

"Un acontecimiento se considera decisivo cuando desbarata nuestras vidas por completo. Camille Verhoeven había leído esta afirmación unos meses antes, en un artículo sobre 'La aceleración de la historia'. Ese acontecimiento decisivo, sobrecogedor, inesperado, capaz de provocar un cortocircuito en el sistema nervioso, lo podrán distinguir inmediatamente del resto de accidentes vitales porque transmite una energía y una intensidad particulares. En cuanto ocurra, serán conscientes de que sus consecuencias van a ser de proporciones gigantescas, de que lo que ha pasado es irreversible."

Título: 'Camille'
Autor: Pierre Lemaitre
Traductor: Juan Carlos Durán Romero
Editorial: Alfaguara
Páginas: 320
Precio: 18,90€
Procedencia: comprado

jueves, 11 de enero de 2018

Imperfecto. Casi líquido.


@martatorresmol

Él era grafitero. Y skater. Llevaba pantalones anchos y camisetas rotas. Y una gorra calada hasta las cejas sobre la melena a medio crecer. Yo era buena estudiante. Aún bailaba. Acababa de dejar el baloncesto. Y leía mucho. Llevaba el pelo largo y rubio. Siempre un poco despeinado. Empezaba a usar rímel. Mis uniformes eran vestidos con bambas blancas y vaqueros con camisetas que rozaban el ombligo. Él acababa de descubrir la rebeldía. Yo, el poder escondido en mis complejos. Él frisaba una mayoría de edad que a mí me quedaba aún algo lejos. Él me descubrió a Smashing Pumpkins, Guns and Roses y Aerosmith. Yo, a Boris Vian, Sharpe y Bukowski. Él me presentó al Golem y al Kraken. Yo a Ariadna y a Penélope. Le gustaba fumar a la sombra de un sauce, en un rincón tras la agrietada pista de basket. No entendía que yo prefiriera ir a clase. No me creía cuando le decía que era un gusto, no una obligación. Él era feliz cuando iba al viejo parque a verle con su tabla aunque, absorbida por un libro, me perdiera la mayoría de sus trucos. Me observaba fijamente mientras escribía. A veces se acercaba. Yo protegía mis palabras apretando las páginas contra mi pecho. Amenazaba, entre risas, con robarme el cuaderno y leerme. Acabábamos jugando a que nos peleábamos. Como cachorros. Los cachorros que, en realidad, aún éramos. Yo nunca le dejé leer mi cuaderno. Él nunca me dejó observarle con los sprays. Ver cómo se convertían en murales aquellos dibujos a lápiz con los que emborronaba sobres ya vacíos, servilletas arrugadas y los espacios en blanco de todos los libros que pasaban por sus manos. Sabía cuándo había estado haciendo paredes por el olor de su pelo. Tenía la costumbre de saltar a su cuello. A su pecho. Sus dos metros menos tres centímetros no me lo ponían fácil. Sus largos brazos me lo ponían fácil. Ni una sola vez permitió que renegara de mi estatura sin apuntillar: «Siempre saldrás ganando. El contrapicado favorece». Lo repitió, desde la distancia del casi medio metro que nos separaba, todas y cada una de las veces que protesté. A veces, yo escribía sobre su espalda. Otras, él dibujaba en la cara interna de mis muñecas. Emes. Alas. Y un corazón que no lo parecía. Imperfecto. Casi líquido. Siempre el mismo. "Eres tú", decía muy serio. Yo me enfurruñaba. Quería ser un corazón perfecto. Redondo. Lleno. Él reía. Callaba. Y seguía pintando sobre mis pulsos. "Eres tú. Y estás en todas mis paredes", añadía. Y yo me buscaba, imperfecta, casi líquida, en sus muros. Hace unos días nos volvimos a encontrar. Es profesor de arte. Peina tupé. Viste pitillos. Sigue siendo grafitero. Algunas noches. Y skater. Muy pronto, por las mañanas, cuando nadie le ve. Lleva ese corazón imperfecto, casi líquido, tatuado en la muñeca izquierda, sobre el pulso. "Sigues estando en mis paredes", afirmó. Puse cara de niña enfurruñada que quiere un corazón perfecto. Reímos. A carcajadas. Me cogió de la mano y me arrastró fuera del bar. Con esa sonrisa de niño travieso que sigue siendo la misma  más de veinte años después. Esa noche le vi hacer una pared. Y esconderme, entre dos trazos. Antes de hacerlo me miró, preguntando. Le contesté sin decirle nada. Ahí está. Un corazón imperfecto. Casi líquido.

domingo, 7 de enero de 2018

La ballena


@martatorresmol

Ese año sólo le había pedido una cosa a los Reyes Magos. Una carta escueta. La carta de Reyes más corta del mundo. Tres palabras. "Quiero ver el mar". Habían intentado convencerla. Engañarla. En casa querían que pidiera mil juguetes. Se los señalaban en los escaparates. En los anuncios de televisión. En los catálogos. Pero no. Ella se quedó con sus tres palabras. "Quiero ver el mar". La mañana de Reyes se levantó al amanecer. El día era, apenas, un arrebol pegado al horizonte. Ignoró la montaña de regalos que sepultaba sus zapatos. Fue directa a la ventana, buscando el mar. Encontró el mismo camino de tierra y los mismos abetos de siempre. Sentada en el suelo, con la espalda pegada al radiador, lloró. Una lágrima tras otra. Mastodónticas. Llenas. Imparables. Cubrieron el suelo. Desbordaron el salón. Cuando volvió a mirar a su alrededor, aún llorosa, la sorprendió el embate de las olas. Olió la sal. Oyó gaviotas. Las algas le hacían cosquillas en los dedos de los pies. Nadó a través de la ventana. A cierta distancia, lejos de sus zapatos y de la montaña de regalos sin abrir, la esperaba una ballena.

martes, 2 de enero de 2018

Releer no es volver a leer


@martatorresmol

Releer no es volver a leer. El libro es el mismo, es cierto. También las palabras. Y los puntos. Y las comas. Y los espacios en blanco. Los personajes no aprovechan que una ya cerró sus tapas para hacer lo que les venga en gana y no lo que el autor ideó para ellos. El libro es el mismo. Pero una ya no es la misma. La Marta que leyó 'Moby Dick' hace años no es la misma que lo leyó hace nada. Una vez se sintió Ahab y la otra, ballena. Y no necesariamente en ese orden. Releer no es leer el mismo libro. La mirada que recorre cada letra no es la misma. Y eso lo cambia todo. Por eso vale la pena releer. Y éste ha sido un año de releer mucho.

'Moby Dick', todos tenemos nuestra ballena blanca
Así, en esa especie de naufragio mental, volví de nuevo a 'Moby Dick', de Melville. Volví a embarcarme en el Pequod. A ponerme a las órdenes de Ahab. Secuestrada en su locura de dar caza a Moby Dick. Su leviatán. Su monstruo. El que hace años masticó su pierna. Y es en esa encalladura en mi viejo orejero cuando leo claro. Más allá de la aventura, del mar, de las descripciones de ballenas, de marinos y marineros, del peligro, de la incertidumbre, de los arpones, de los cabos, de las olas, del ambiente opresivo del ballenero, de la persecución...

'Billy Budd, marinero', a bordo del Bellipotent
'Billy Budd, marinero', se fue en una noche entre los corales de mis sábanas y dos mañanas a pelo en la arena. Es una historia interesante. De ésas que te hacen parar y pensar. Y darle vueltas. Y es en esas reflexiones cuando te conviertes, sin quererlo, en el capitán Vere, el auténtico protagonista de esta historia, aunque su nombre no aparezca en el título. No sé hasta qué punto Melville (ese hombre que navegó "océanos y bibliotecas") pulió esta pequeña novela. Si el manuscrito que encontró su biógrafo casi tres décadas después de su muerte estaba acabado o era el esbozo de una novela más extensa. Da igual.

'El arte de la guerra', arte para la guerra diaria
Sentarme en el orejero con las piernas cruzadas, las páginas apoyadas en mi pecho y pensar. Porque eso es lo que te pide cada una de las sentencias que Sun-Tzu (no está claro quién fue o si fue una persona o un colectivo) plasmó en 'El arte de la guerra', que pienses en ellas. Se concibieron para la guerra, para ejércitos que luchaban cuerpo a cuerpo en escenarios complicados con generales que cambiaban su estrategia en cada combate y en cuyas filas contaban con antiguos enemigos y que se veían obligados a sacrificar sus bienes para que el adversario no se hiciera con ellos. Sí, esas sentencias se crearon y se juntaron para la guerra, pero... ¿Cuántas guerras luchamos cada día?

Es el mismo ejemplar que compré siendo quinceañera, cuando comencé a componer mi pequeña biblioteca. La misma que me ha acompañado. Por ciudades y en mudanzas. Con sus naufragios, sus pérdidas y sus renuncias. Compré 'Como agua para chocolate', de Laura Esquivel, en el otoño del 94. Una edición insultantemente barata de una de esas colecciones que llenaban los quioscos en septiembre. Casi un cuarto de siglo y no he dejado de quererlo. Ni una sola de las muchas veces que lo he leído. Ni una sola de las pocas veces que he osado preparar alguna de las doce recetas que narran esta historia.

"El gran logro de Conrad es haber transformado la experiencia de su vida marinera en metáfora convincente de la existencia humana". Así lo asegura Jules Cashford en 'Joseph Conrad: homo duplex', el pequeño ensayo que cierra 'El copartícipe secreto', de Joseph Conrad, una frase con la que no puedo estar más de acuerdo. Porque da igual dónde estén ambientadas y quiénes sean los protagonistas de sus obras, siempre tienes algo a lo que agarrarte. O que te agarra.

Hay quien expone estampitas de vírgenes y enciende velas a reproducciones de santos. Yo expongo a esa 'Afrodita' de la cocina y prendo velas de gardenia a viejas fotos familiares en blanco y negro. Me encomiendo a ella, a esa diosa del placer, de los placeres, de la comida y el sexo, porque en este libro de Isabel Allende ambos están unidos. Se cogen de la mano, se besan, se mezclan uno con el otro. Cada vez que paso sus páginas, a veces despacio, recreándome en palabras al azar, a veces rápido, buscando una receta,  el libro suena. Me gusta pensar que me susurra y gime de placer.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Las doce mejores lecturas de 2017




'Hombres buenos', una auténtica novela de aventuras
He vuelto. He regresado de París. De la España de fines del XVIII. De un viaje, más bien una misión, lleno de peripecias y peligros. He regresado de todos ellos. Pero sobre todo he vuelto de un lugar y un tiempo mucho más lejano. He vuelto de las lecturas de infancia. De aquellos libros de aventuras en los que me sumergía algunas tardes, aún con el uniforme del colegio pero descalza, para creerme por un rato viajera, pirata, científica, diosa griega, marinera, reina, guerrera, espadachina, mosquetera, princesa, niña demasiado curiosa, heroína, hada, hechicera... Porque eso es 'Hombres buenos', de Arturo Pérez-Reverte, una auténtica novela de aventuras.




'Voces de Chernóbil', si duele leerlo...
No sé si habrá alguien que sea capaz de leer de un tirón, sin pararse a respirar, 'Voces de Chernóbil', de la Premio Nobel de Literatura de 2015 Svetlana Alexiévich. De hecho, si hay alguien capaz de leer este libro (por qué me parece que esa palabra se le queda pequeña...) de un tirón seguramente pensaría que lo ha leído sin entender o que no tiene empatía ni sentimientos. Y no tengo claro cuál de las opciones me gusta menos. Yo he tenido que parar en tres ocasiones, dejar mi edición de bolsillo reposando unos días sobre la mesilla de noche y volver después de lecturas menos contundentes. Si duele leerlo no quiero ni pensar en lo que le tuvo que doler a la periodista escribirlo.

'Los últimos días de nuestros padres', donde los libros deben doler
Hay historias que duelen. Libros que duelen allí donde deben doler los libros. Porque un libro que no duele (o que no conmueve o que no te hace reír, o mejor aún, sonreír, o que no te hace pensar o que no te obliga a mirarte por dentro) es un libro que ha pasado por tus ojos, pero no por ti. Y 'Los últimos días de nuestros padres', de Joël Dicker, es de los que no te dejan salir de él sin una cicatriz lectora más. De los que desearías no haber leído para poder tener el placer de volver a leer, virgen aún de sus páginas.

'Las voces del Pamano', siento haber tardado tanto
Confieso que he tardado demasiado en leer 'Las voces del Pamano'. Pido perdón por los casi tres años que he tenido este libro sobre mi viejo escritorio de la biblioteca, cubriéndose de polvo es una esquina lacada en blanco, sobre el cuero dorado. Siento infinitamente haberlo olvidado, o haber fingido que lo olvidaba, porque 'Las voces del Pamano', de Jaume Cabré, no se lo merece. Y, sin embargo, ahí ha estado, esperando como espera quien te quiere (o te desea) de verdad. Aguardando el momento justo, para abrirse y entregarme, sin rencores ni reproches, una historia de ésas que no se olvidan, que te acompañan, que se hacen un poco tuyas.




'Las últimas palabras', cuando un libro se esculpe
En estas islas, el archiduque Luis Salvador de Austria es bien conocido. Una figura recurrente. Alguien de quien se habla como si fuera un antepasado, con familiaridad, con cercanía, desproveyendo a la palabra archiduque que precede siempre a su nombre de toda grandeza e importancia.Un hombre al que da voz la académica Carme Riera en 'Las últimas palabras', un libro en el que la escritora fabula, imagina, intuye, proyecta (escoged el verbo que más os guste).

'Todos nuestros ayeres', las pequeñas cosas son las que hacen bailar las cortinas
Si el destino se anuncia con música de charanga, mejor ponerse en guardia. Es una villanía maldecir a un perro. Sin la vergüenza la humanidad sería mucho mejor. Llega un momento de la vida en el que son los hijos los que educan a los padres. A los muertos se les debe juzgar como si estuvieran vivos. El valor no te lo encuentras un día en el bolsillo. Los cerdos son felices en cualquier lado. Una casa sin visitas es triste. Todo hombre, mirado muy de cerca, acaba dando pena. Son sólo algunas de las enseñanzas que supura 'Todos nuestros ayeres', de Natalia Ginzburg, maravillosamente traducida por Carmen Martín Gaite. Una novela que baila en la cotidianeidad, como las cortinas en una casa por cuyas ventanas se cuela el aire.




'Viaje a la aldea del crimen', habla el maestro
Cuando un maestro habla, el buen alumno escucha. Cuando un maestro escribe, la buena alumna lee. Devora. Analiza. Relee. Piensa. Subraya. Admira. Sueña. Mira al fondo de sus textos. Compara. Frunce el ceño. Vuelve a leer al maestro. Mastica lo que se se esconde entre líneas. Digiere. Y concluye. Cuando sea mayor quiero escribir como Ramón J. Sender. Quiero saber mirar y entender como lo hacía él para sus crónicas. Es la conclusión que saco de esa lección de periodismo que es 'Viaje a la aldea del crimen'.

'Voy', Gabi Martínez busca a Gabi Martínez
Llegué a 'Voy' por motivos laborales. Iba a escribir que por obligación, pero no, porque llegar a un libro, aunque sea por trabajo, no es nunca una obligación. Es más, incluso puede llegar a ser, como en este caso, un auténtico placer. Lo leí, lo devoré, en un par de noches. Horas que Gabi Martínez, al que debía entrevistar, le robó a mi sueño. Lo leí a velocidad de vértigo. Parpadeando, incrédula, ante semejante osadía. Sí, porque si hay un adjetivo que defina a este libro, a esta falsa novela, a este documental de papel, a este diario personal, es, sin duda, osado. Valiente, también. Temerario, incluso.

'Patria', el perdón
He disfrutado y sufrido mucho con esta novela. Perdón, con este novelón. Porque sí, es un novelón. De los que te pillan (lo siento, pero son los libros los que te escogen, no tú a ellos, por mucho que creas) y ya no te sueltan. Entiendo el éxito de 'Patria', de Fernando Aramburu. Tiene todos los ingredientes para ello.




'Tres días y una vida', la culpa
La culpa puede decidir una vida. Puede decidir por ti. Escoger por ti. Descartar por ti. Hacer como que olvida por ti. Fingir por ti. Mentir por ti. La culpa puede comerte. Darte un buen mordisco, un bocado atroz, que te deje medio muerto y una cicatriz que te impida olvidar. Y seguir comiéndote, poco a poco, royéndote y lamiéndote, el resto de tu vida. La culpa... Ésa es la protagonista de 'Tres días y una vida', de Pierre Lemaitre, que sigue fascinándome por su capacidad para tenerte con el corazón en la boca durante todas y cada una de sus páginas.

'Rendición', esa aterradora transparencia
Aún no me he recuperado de ‘Rendición’, de Ray Loriga. No me encuentro. No me siento bien. Estoy riendo, tomando unos vinos, callejeando, buceando bajo las olas y de repente... ¡Zas! Ahí aparece de nuevo. Ese hachazo inesperado de inquietud. De pesadumbre. De ansiedad. Porque ‘Rendición’ es eso: un sablazo que te parte en dos pero que no acaba contigo, para que veas y sientas cómo te desangras. Tiene algo este Loriga tan adulto del McCarthy crudo y descarnado de ‘La carretera’.




'Nos vemos en esta vida o en la otra', el 11-M
El 11-M. Las 191 vidas sesgadas. Y todas las que quedaron destrozadas para siempre. La sensación de inseguridad plantada de por vida en el país. Eso es, seguramente, lo que recordamos la mayoría de aquel fatídico 11 de marzo en el que nos pasamos la mañana entre el horror por lo que había pasado y la necesidad de saber quién estaba detrás. 'Nos vemos en esta vida o en la otra', del periodista Manuel Jabois, vuelve al 11-M, bueno, no al 11-M, a un tiempo antes, al tiempo en el que empezó a fraguarse el atentado.



viernes, 22 de diciembre de 2017

Libros para sonreír en Navidad


"Libros felices", así llamamos mi amiga lectora (y ahora hermana sirena) Montse y yo a esas historias que son casi un bálsamo. Libros que te pintan una sonrisa en la boca, te calientan el alma y que, aunque sea sólo durante el instante que los tienes frente a las pestañas, hacen que el mundo, y la gente, parezca mucho mejor de lo que en realidad es. Alguno, es verdad, es de una tristeza que te sobrecoge, pero a pesar de ello hay algo, un detalle, un personaje, que te reconcilia con la humanidad. Libros, historias, ideales para Navidad.



'Flores para la señora Harris', una señora de la limpieza y un vestido de Dior
Esta historia de Paul Gallico es una absoluta delicia. Un cuento que te mantiene en vilo, que te hace sonreír y que, aunque creas que sabes cómo va a acabar, no es así, porque no lo sabes. Porque no acaba de la manera que crees. Y eso es, precisamente, lo que lo hace aún más especial. Más tierno. Más conmovedor...

'Ciudad de ladrones', un pastel de bodas en el sitio de Leningrado
A pesar del hambre, del frío, de la sangre y de todos los horrores que apadrina la guerra, esta novela de David Benioff (a muchos os sonará como guionista de 'Juego de tronos') es una maravilla. A mí me resulta imposible pensar en Lev y Kolya sin que se me escape una sonrisa.

'El consuelo', cachivaches y moldes de galletas
Creo que es una de las novelas más mágicas que he leído. Una maravilla. Lloré un mar sobre el orejón izquierdo de mi butaca de la biblioteca. Y me reí, por dentro, con esa risa que te calienta el cuerpo y el alma. Aún pienso, a veces, en el niño que suspende aunque lo sabe todo, la princesa de la mandíbula rota que nunca habla, el chico que educa a su burro sin usar la fusta, el anciano antipático con el corazón lleno de peluches...



'El frío modifica la trayectoria de los peces', un cuento de hielo
Bello. Entrañable. Carcajadas internas. Una lágrima gorda y cálida cayendo por la mejilla. Precioso. Peces que hacen nudos en el agua. Whisky de muchos años. Una helada que cambia un barrio. Una pareja que sale del armario. Un policía con las dos manos enyesadas. Un niño que clama al cielo para que su familia no se desmorone...

'El proyecto esposa', te enamoras de quien te enamoras
Aplicar la ciencia para resolver un problema sentimental. Es lo que hace el profesor Tillman para intentar poner fin a su soltería a los 40 años. ¿Cuántas veces habéis dicho que nunca estaríais con alguien que...? Pues más o menos eso le pasa al protagonista con su estricta lista sobre las condiciones que debe cumplir su posible pareja. Desternillante.

'La felicidad es un té contigo', un gentleman en el Albaicín
Aún no tengo muy claro cómo acabó este libro en mis manos. Si fuera por el título no lo habría leído nunca, porque da la sensación de lectura almibarada. Si fuera por la portada no lo habría leído nunca, porque da la sensación de lectura almibarada. Pero al final caí y me reí de lo lindo con ese gentleman perdido por el Albaicín.



Trilogía de Corfú, quiero ser una Durrell
Desde que conocí a los Durrell en la desternillante 'Mi familia y otros animales' quiero ser una de ellos. Me gustan todos. Desde el pequeño Gerry y su afición desmedida por todo tipo de animales a su madre, esa dama inglesa que intenta mantener la compostura y que se indigna cuando, en la frontera, definen a su familia como "un circo ambulante y su compañía". Seguí riéndome con ganas en la segunda parte, 'Bichos y demás parientes', que tiene un comienzo increíble: Larry, Margo y Leslie pidiéndole a la señora Durrell que impida que Gerald escriba la segunda parte de la trilogía. A punto estuve de ir a Corfú poco antes de devorar 'El jardín de los dioses', la tercera entrega, cuyo final alargué, deseando que durara para siempre.




'Que empiece la fiesta', ahí empezó mi romance con Ammaniti
Con este libro me enamoré de Niccolò Ammaniti. Con esta historia, una crónica que roza la sátira de la sociedad italiana más adinerada, descubrí a este escritor y periodista que me tiene loca. Y eso que en esta hilarante novela emplea un registro poco habitual en él y que aún no había descubierto sus auténticas joyas.

'La hija de Homero', Nausícaa y 'La Odisea'
Yo, a Robert Graves, siempre le pongo ojitos. Pero esta novela me fascinó. Por esa princesa lista como el hambre, educada y un tanto respondona, Nausícaa ('la que quema las naves'), por sus referencias a 'La Odisea' y por sus similitudes con Penélope. Y sí, también es de las que te deja una sonrisa en la boca.

'La nieta del señor Linh', esos abismos de Claudel
Ese anciano recién llegado a Francia que huye de una guerra, ese anciano que no sabe una palabra de francés, ese anciano que sostiene a su pequeñísima nieta, Sang Diu, contra su pecho... La historia es descorazonadora, pero tiene algo, una llamita, que te hace creer, a pesar de todo, en el ser humano.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...