martes, 23 de mayo de 2017

Maya Hansen: "Ponerse un corsé depende de la actitud de la mujer, no de su cuerpo"





Quienes me conocen bien saben que uno de mis pequeños sueños factibles es tener, algún día, un corsé de Maya Hansen. Me enamoré de ellos desde la primera vez que los vi. Me gustó su delicadeza, su estilo clásico, los materiales nobles... Y me gustó aún más saber que todos ellos se realizan en un taller, de forma artesanal. Un espacio al que vas, escoges, te toman las medidas... Me encandiló pensar en que antes de la liturgia de ponerte ese corsé (porque sí, abrocharse los corchetes y ajustar luego las cintas es toda una liturgia)  había otra liturgia: la de su confección. Hace unos días este amado oficio mío me brindó la posibilidad de entrevistar a la diseñadora. Sólo lamento que, cosas del tiempo, se quedaran algunas buenas preguntas en el tintero.

(Hay quien denosta el corsé. Que lo considera una prenda machista o que cosifica a la mujer. No creo que sea así. Toda mujer es libre de vestir como quiera y como le guste sin tener que darle vueltas a lo que van a pensar los demás. Es una prenda muy especial. Cada mujer tendrá sus propias sensaciones. A mí, entre otras cosas, me hace sentir Wonder Woman).

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza

Maya Hansen no ha olvidado la sensación de la primera vez que se probó un corsé. Fue en una tienda de «corsés de verdad» en Berlín. Está convencida de que ese momento marcó su posterior carrera. Hansen se graduó con matrícula de honor en el Centro Superior de Diseño de Moda de Madrid. Mostró sus colecciones durante tres años en EGO, la hermana pequeña de la pasarela Cibeles, donde debutó en 2011. Su popularidad, desde entonces, no ha dejado de crecer. A pesar de esto, la diseñadora tiene algunas cosas muy claras: que no va a pasarse al p rêt-à-porter y que quiere seguir mimando cada detalle de sus prendas.

Hace unos años dijo: «Si no hay corsé no hay Maya Hansen». ¿Lo mantiene?
Creo que sí. Lo estoy demostrando. A pesar de que en las últimas colecciones incluyo vestidos lápiz, vestidos muy estructurados y otro tipo de prendas, siempre mantengo, entre los 20 ó 25 looks de cada desfile, varios corsés. Lo hago porque pienso que abandonar nuestra seña de identidad, que es lo que ha hecho que la gente nos conozca, no sería muy inteligente. Por otra parte, lógicamente, cualquier diseñador evoluciona partiendo de la base, de las estructuras. Puede haber prendas que no son corsés, pero los patrones están muy trabajados, tienen formas arquitectónicas, con muchos cortes y con un patronaje similar. Así que sí, mantengo esa afirmación de que si no hay corsé no hay Maya Hansen.

Con lo de las formas arquitectónicas se me ha adelantado a la pregunta: ¿Cuánto hay de arquitectura a la hora de concebir el patrón de un corsé?
Los corsés son de las prendas más complejas que hay dentro del mundo de la confección debido a la cantidad de piezas que llevan por dentro y a su construcción... Precisamente, en mi última colección, para la que me he basado en el constructivismo ruso, he trabajado junto a tres arquitectos: Jesús San Vicente, que es quien hizo la instalación de la pasarela en la Mercedes Benz de Madrid, y luego he tenido dos ayudantes que son arquitectas. Con ellas hemos pasado mis dibujos a un programa que se usa normalmente en arquitectura para el diseño de piezas. Hemos cortado las piezas que forman las prendas con corte láser. He estado buscando muchísima gente para trabajar. Soy bastante exigente con mi equipo porque me gusta que las prendas sean impecables. Para mi sorpresa, la conexión con las arquitectas ha sido inmediata y, sin embargo, gente que se dedica a la confección o a la costura desde hace más de veinte años no me entiende o no comprende mis patrones como lo hace un arquitecto. Eso me ha dejado un poco descolocada, la verdad. Pero bueno, si lo que tengo que hacer es trabajar con gente de fuera del mundo de la moda, mientras la encuentre, encantada.

Se hizo famosa con los corsés, pero cada vez en sus colecciones hay muchas otras prendas. ¿Era un paso lógico al participar en pasarelas importantes?
Claro. Nosotros somos diseñadores, no somos gente que hace vestuario histórico. El corsé es una pieza de los siglos XVII y XVIII que, queramos o no, tiene unas connotaciones. Se ha utilizado en teatro y en cine. Siempre estás investigando el patronaje de la época, pero lógicamente así como avanzas en las colecciones vas evolucionando. También vas creciendo, madurando. Tanto tú como diseñadora como tus clientas, las que empezaron contigo. Van cumpliendo años, las ves evolucionar y te piden otro tipo de prendas. La moda se renueva cada mes, prácticamente, y tenemos que estar atentos a eso. Independientemente del ADN que tengamos tenemos que estar muy bien informados del sector al que pertenecemos. Puedes ir por libre y decir «yo hago este tipo de prendas que es lo que más vendo», pero a la hora de desfilar en una pasarela tienes una responsabilidad muy grande, debes aportar algo nuevo, una visión diferente. Hay mucha gente que querría estar en tu lugar y sólo somos 35, creo, los privilegiados que estamos ahí. Es un honor y si no aportas nada nuevo la gente, que es exigente, lo nota. Intentamos que en cada colección se aprecie que hay una nueva visión. Ahora, por ejemplo, estoy haciendo lo que llamo comfy corsets [corsés cómodos], suaves, con cremallera...
¿Cremallera?
Sí. Si me hubieras hecho esta entrevista hace unos años y me hubieras preguntado si he añadido alguna vez una cremallera a un corsé, te hubiera dicho que eso sería estar en la antítesis de lo que hago.
¿Entonces?
Hoy por hoy tengo muchas clientas de Arabia Saudí y de otros países árabes que me dicen que les parece muy bonito el tema del corsé, pero muchas de ellas se quieren vestir solas o no tienen tiempo. Quieren vestirse en cinco minutos sin estar pendientes de sus maridos o de alguien que les ayude a abrocharse el corsé. Las escuchas y al final valoras lo que te sugieren. (seguir leyendo)

sábado, 20 de mayo de 2017

Así empieza la manada (trece energúmenos)


 
@Martatorresmol
Las diez de la mañana del sábado. Zombi. Salí de la redacción pasadas las dos de la madrugada y enfilo de nuevo el camino hacia allí. Sólo quiero un café. En mi bar de las mañanas. Un bar de parroquia básicamente masculina. Trabajadores. De todas las edades y condición. De veinteañeros a octogenarios. De pantalón manchado de mil tonos de pintura a traje caro y corbata de seda . Todos educados. Respetuosos. Siempre. Nunca me he sentido atacada. Nunca he tenido la sensación de ser un trozo de carne. De vez en cuando hay alguna mirada que va más allá, pero nada que me haga sentir molesta. Me tratan como a una reina. Es casi mi casa. Hasta hoy.

Trece energúmenos (me niego a llamarles hombres) sentados en al terraza me jalean al pasar. Gritan. Aplauden. Hacen sonar la bocina de un megáfono. Despliegan verbalmente todo un catálogo de obscenidades. Son trece y están de despedida de soltero, según deduzco por sus camisetas. En la mesa hay varias botellas (hierbas y whisky) ya vacías y un número incontable de vasos de tubo. Me enciendo (en el peor sentido del verbo), me quito las gafas de sol y les miro, seria, antes de seguir hacia el interior del bar. Se callan. Pero sólo dura unos segundos, luego siguen con los gritos, los jaleos y la bocina. Conmigo. Y con todas las mujeres que pasan por la calle. Algún cafre aún dirá que deberíamos sentirnos halagadas. ¡Trece hombres jaleándonos! ¡Trece hombres jóvenes piropeándonos! ¡Trece hombres deseándonos! Quien diga eso no entiende absolutamente nada. Da igual si somos Beyoncé o la hermana fea de los Calatrava. Eso no importa. Somos mujeres y sólo por eso trece bestias hasta arriba de alcohol se sienten con derecho sobre nosotras. Sienten que tienen derecho a pensar en nuestro cuerpo como si fuera suyo. De cada uno de ellos y de todos a la vez. Un juguete. Una diversión. No se les pasa por la cabeza que no lo queramos, que nos ofenda, que nos haga pasar vergüenza o sentirnos, en cierta manera, violadas. Se sienten arropados. Protegidos en su nube de testosterona desatada. Nos jalean. Y, lo que es peor y más peligroso, se jalean. En ese momento, si a alguno se le ocurre ir más allá, dejar el megáfono y los gritos para pasar a las manos, hay muchas probabilidades de que los demás le sigan. Que no acepten un no por respuesta. Y si es de noche, no hay nadie cerca y estás sola contra trece armarios... Así empieza la manada.



martes, 16 de mayo de 2017

Me criaron en una redacción de las que ya no existen


@Martatorresmol

Me criaron, (sí, porque en este oficio, cuando las cosas se hacen bien, te crían) en una redacción de las que ya han desaparecido. En la que las cabezas de los periodistas sobresalían en la eterna niebla de tabaco. Donde los teléfonos sonaban sin descanso hasta bien entrada la noche. En la que todos sabíamos en qué armario había siempre una botella de whisky. Y otra de ginebra. Para madrugadas largas, momentos difíciles, esperas en compañía. Una redacción en la que, temerariamente confiados, me arrojaron a la calle, a la gente, a los políticos, a las personas desesperadas, a kilómetros de carretera, a un sinfín de pasos, a pleno sol y a lluvias inclementes, a niños traviesos, a puertas cerradas y a gorilas. Una redacción en la que la libreta y el bolígrafo (pierdo la cuenta de los que llevo en el bolso) eran imprescindibles y la grabadora, si se utilizaba, era un simple apoyo; donde captar la esencia era más importante que la literalidad; donde los políticos se te enfrentaban, no se escondían detrás de responsables de comunicación. Una readacción en la que vivíamos pendientes de la información, de los temas, de la forma de contarlos, no de los clicks. Incluso de la palabra exacta, no de la más SEO. Ahogados, pero con tiempo. Tiempo para reflexionar. Tiempo para escribir. Tiempo para ir al bar a tomar un café.

Una redacción en la que aprendías de los que estaban a punto de jubilarse. Aprendías maneras. Aprendías que el 'off the record' es sagrado. Aprendías que, si era necesario, habías de esperar en el portal de casa de un político cuando éste no te contestaba al teléfono. Aprendías la importancia de llevarte bien con las secretarias. Que invertir tiempo personal con las fuentes ahorra luego horas laborales y facilita las llamadas a deshoras para temas nada agradables. Que a los cargos públicos hay que buscarles las cosquillas y no dorarles la píldora, porque para eso ya les sobra gente y porque te debes a quienes te leen. Aprendías que un café se le acepta a cualquiera, pero que hay que decir que no a ciertas cenas, regalos e, incluso, ofrecimientos aparentemente inocentes. Aprendías a no aceptar un no por respuesta, a no contentarte con una declaración complaciente, a entender entre líneas para hacer después la pregunta justa. A desentrañar silencios. A que hay que estar más pendiente de lo que no se dice que de lo que se dice. Aprendías a leer. A periodistas viejos. Y muertos. A los grandes. A los de cada día. A los pequeños. A los famosos. A los desconocidos. Aprendías que al poder hay que serle siempre incómodo y que el cariño y la dulzura hay que reservarlos para aquellos que vienen a contarte historias valiosas: para las señoras centenarias que te abren su vida, para los padres que sollozan porque a su hijo discapacitado no le facilitan los recursos a los que tiene derecho, para los enfermos que gastan sus últimas energías en denunciar carencias... Aprendías que el halago de un político debe sentarte siempre como una patada en el estómago y que las cosas que consiguieras cambiar con tu insistencia y tus páginas serían tus únicos galones. Que la honestidad era un valor que debías tatuarte cada día y que por muchas caras que tenga la verdad debes intentar dar voz a todas ellas. Intento transmitir eso a las nuevas generaciones que, de vez en cuando, asoman la nariz por la redacción. Lo intento aunque sé que es una batalla perdida. La mayoría prefieren estar delante de Facebook y Twitter que salir a la calle. Dicen que sí encantados a entrevistas por correo electrónico (ni siquiera por teléfono) porque entonces sólo tienen que cortar y pegar. Están tan pendientes de la grabadora que se pierden los detalles. No redactan, enlazan declaraciones. Se fían más de wikipedia que de lo que han visto con sus propios ojos. Una batalla perdida que vale la pena mantener por las escasas excepciones con las que te topas.

Me crié en una redacción que a ratos, cuando me pongo a pensar, echo de menos. Una redacción caótica. Sin móviles. Sin redes sociales. Una redacción en la que valían las notas de la libreta, no las grabaciones. Una redacción en la que todos tenían claro lo que eran: periodistas. Y que estaban allí por un único motivo: hacer periodismo.


viernes, 12 de mayo de 2017

'Hombres buenos', regreso a las tardes de uniforme y libros de aventuras


@Martatorresmol

He vuelto. He regresado de París. De la España de fines del XVIII. De un viaje, más bien una misión, lleno de peripecias y peligros. He regresado de todos ellos. Pero sobre todo he vuelto de un lugar y un tiempo mucho más lejano. He vuelto de las lecturas de infancia. De aquellos libros de aventuras en los que me sumergía algunas tardes, aún con el uniforme del colegio pero descalza, para creerme por un rato viajera, pirata, científica, diosa griega, marinera, reina, guerrera, espadachina, mosquetera, princesa, niña demasiado curiosa, heroína, hada, hechicera... Porque eso es 'Hombres buenos', de Arturo Pérez-Reverte, una auténtica novela de aventuras. Como las que leí de niña y de adolescente. Una novela gustosa. Trepidante. De ésas que hacen que te sorprendas hablando con los personajes, alertándoles de lo que se le viene encima, rogándoles que no se adentren en ese paraje, que no confíen en esa persona o maldiciendo su ingenuidad. Porque sí, por mucho que me gusten los personajes turbios, por muy interesantes que me parezcan en la mayoría de los libros, por muchas vueltas que les dé después de haber cerrado el libro, en uno como éste sólo puedo estar con los buenos. Es lo que tienen los libros de aventuras clásicos, que te obligan a tomar partido. Y mi bando en esta lectura es, sin ninguna duda, el formado por el buenazo de don Hermógenes Molina (bibliotecario) y el reservado Pedro Zárate (almirante), integrantes de la Real Academia de la Lengua que deben viajar a París para hacerse, por encargo de la institución, de los 28 volúmenes de la 'Encyclopédie' francesa, prohibida en España. Una misión a la que los amantes de los libros que perdemos la noción del tiempo en las librerías de viejo no podemos resistirnos.

Aventuras y libros... Y tiempo. Por rápido que leas, las 600 páginas no se acaban en un par de horas. La historia da espacio para mascar y digerir la trama. Para ver con detalle los escenarios. Para conocer bien a los personajes, hasta el punto de intuir, pasados los primeros sustos y peripecias, sus reacciones. Espacio (páginas, detalles y profundidad) para saber cómo se mueven, cómo respiran, cómo sienten, con qué ríen, qué les atormenta, cuáles son sus debilidades... Un espacio que últimamente echo de menos en buena parte de los libros caen en mis manos, más centrados en la historia y en la forma que en los personajes. Si tienes un buen personaje, da igual lo que haga o lo que le pase, aunque sólo contemple el horizonte seguirás leyendo. En 'Hombres buenos' no hay sólo uno. Tengo debilidad (es una cuestión muy personal) por el brigadier Zárate. Su porte, su caballerosidad, su inteligencia, su afición a la lectura, su elevado concepto del honor... Pero reconozco que el sicario Pascual Raposo, que intenta frustrar su misión pagado por dos académicos que no tienen los redaños de hacerlo ellos mismos, y el abate Bringas, la singular 'ayuda' que les presta el conde de Aranda en París, son también dos caramelos. Un tanto envenenados o indigestos en algunos momentos si estamos de parte de don Hermógenes y don Pedro, pero caramelos.

He disfrutado como lo hice de niña (fui lectora muy precoz) con Verne o Dumas. De hecho, no sé si es por esa sensación de regreso a aquellas tardes o porque realmente es así, pero me ha parecido ver el espíritu de ambos escondido entre las líneas de 'Hombres buenos'. Hay quien cree que el final es demasiado abierto. A mí no me lo parece. El resultado de la misión queda claro desde las primeras páginas. Esas que no he querido ni mirar ahora (leí el libro en 2015, durante varias mañanas de sol junto a la piscina, en un largo parón del blog) para no volver a quedarme atrapada en esa aventura plagada de peligros. Como toca.

"Los descubrí al fondo de la biblioteca, sin buscarlos: veintiocho volúmenes en cuerpo grande, encuadernados en piel de color castaño claro desvaída por el tiempo, maltratada por dos siglos y medio de uso. No sabía que estaban allí -buscaba otra cosa y había estado curioseando en los estantes-, y me sorprendió leer en su lomo: Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné. Se trataba de la primera edición."

Título: 'Hombres buenos'
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara
Páginas: 592
Precio: 22,90€
Procedencia: comprado

lunes, 8 de mayo de 2017

'La tienda de los recuerdos perdidos', huir, a veces, sirve


Huir, a veces, sirve. Salir corriendo. Olvidarse de todo y de todos. Refugiarse. Sin que nadie te consuele. Sin que nadie te haga sentir débil. Sin nadie que te recuerde lo que dejas atrás, lo que perdiste, a quien se olvidó de ti, lo que dejaste de ser, lo que querías... Huir a veces sirve. Algunos dirán que es cobarde. Pero no. No lo es si tienes claro que a quien debes enfrentarte, tu único enemigo en ese momento, eres tú. Huir a veces es simplemente decirle a los demás que te dejen, que esa pelea es cuerpo a cuerpo y no necesitas (ni quieres) padrinos. Y eso es precisamente lo que hace Lily, la protagonista de 'La tienda de los recuerdos perdidos', una novelita de Anjali Banerjee que se lee antes de que se te enfríe el chai fuerte con leche que te has preparado. Lily huye. Del dolor. De la muerte de su marido en un accidente de coche. Del vacío de su casa. De las miradas de pena de los demás. De los recuerdos. Huye, incluso, de sus propias lágrimas. Huye sin rumbo y llega a la pequeña localidad de Fairport, en la isla de Shelter (qué tendrán las islas que son al mismo tiempo refugio, paraíso y cárcel), donde descubre una pequeña casa amarilla en cuya planta baja hay sitio para una pequeña tienda. Y una gata. Una gata ya viejita. Y, no sabe muy bien por qué, se queda. Y monta su negocio de ropa y complementos vintage (por ahí me pilló este libro a mí...). Sabe que el negocio no va a tener mucho éxito, pero le sirve para seguir huyendo, para reconstruir su vida.

'La tienda de los recuerdos perdidos' no es una gran novela. Y es algo que sabes desde el principio. Pero es una de esas novelas agradables, que se leen rápido, sin complicaciones, y con las que sabes que, a pesar de que todo empiece fatal todo acabará bien. Y a veces eso, la certeza de que todo acabará bien, es lo único que buscas. Un libro refugio (como esa isla) al que huir por unas horas. Una historia que no te hace pensar, que simplemente pasa, y que, eso sí, te devuelve a esos días de dolor soledad cotidiana, no deseada, a la que te enfrentas cuando alguien desaparece. Pasado el shock y las lágrimas constantes queda el día a día. Lo más difícil. Y huir, a veces, sirve.

"Esta mañana voy por el camino de costumbre a desayunar al bar de Fairport disfrutando de los dulces aromas de las hojas de otoño, del agua salobre del mar y del exquisito salmón salvaje. El día empieza a bullir en nuestra brumosa isla. Las pintorescas tiendas abren las puertas y sus propietarios colocan letreros pintados a mano en las aceras. Herrerillos y pinzones revolotean en los árboles de los alrededores. Como de costumbre, atajo por el descuidado jardín de una casa amarilla que está deshabitada y tiene un cartel en la fachada, pero esta vez me paro a mirarla con detenimiento".

Título: 'La tienda de los recuerdos perdidos'
Autora: Anjali Banerjee
Traductora: Flora Casas
Editorial: Lumen
Páginas: 254
Precio: 17€
Procedencia: biblioteca mamá

viernes, 5 de mayo de 2017

Pilar Bonet: "A veces debes elegir entre una gran noticia y ser persona"





Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Pilar Bonet (Ibiza, 1952) es corresponsal de El País en Rusia, donde ha sido testigo del final de la URSS, el golpe de estado a Gorbachov, la caída del comunismo y la anexión de Crimea, entre otros momentos históricos. Habla con pasión de su oficio, el periodismo, que defiende en su contepto más clásico: un profesional que ve lo que ocurre, que está pegado a la calle y que interpreta la realidad. Es su manera de trabajar en Rusia, donde lleva desde 1984 como corresponsal de El País (exceptuando un parón entre 1997 y 2001, cuando estuvo destinada en Alemania). Ganadora de varios premios periodísticos, entre ellos el prestigioso Cirilo Rodríguez, confiesa que escribir el discurso para la Medalla de Oro que recibió el viernes le costó más que cualquier crónica.

Después de tanto tiempo, ¿se siente un poco rusa?
No... [Piensa] Soy ciudadana del mundo, pero eso no significa que no tenga unas raíces. Y en Rusia tengo relaciones especiales porque he vivido no sólo muchos años, sino también experiencias históricas, cosas muy intensas que marcan y te hacen sentir de ese lugar. Tengo relaciones afectivas con gente que está viva y con gente que está muerta. Los muertos te ligan a los sitios.


Ha vivido la URSS, el golpe de Estado a Gorbachov, Yeltsin, la caída del comunismo, la Rusia de Putin... ¿Qué momento ha sido más intenso?
Como periodista, el final de la URSS, fue muy intenso, pero también el intento de golpe de Estado de agosto del 91, cuando un grupo de altos funcionarios del entorno de Gorbachov intentó echarlo del gobierno. Eso fue importante, la señal que desencadenó el proceso del final de la URSS. Pero profesional y personalmente viví más intensamente, en 2014, la anexión de Crimea, la crisis en Ucrania, potencia reivindicaciones independentistas y abre un conflicto que aún está abierto. Una situación de guerra de la que no escribimos cada día, pero que es un conflicto grave abierto en el centro de Europa.

¿No se puede escribir cada día de todo lo que pasa?
No. La capacidad de informar que tenemos es limitada. Aunque Internet da la impresión de que podemos estar en todos sitios, no es cierto, y el periodista como transmisor de lo que ve hace lo que puede.

Transmisor de lo que ve... ¿Cada vez se escribe más sin ver?
Sí. Es una interpretación clásica y básica de lo que es el periodismo. La idea de que un periodista sentado en una mesa llega a todos sitios porque hay redes sociales que lo cuentan es ficticia. Nada puede suplir la experiencia personal, pero parece que eso hoy es un lujo porque una red de corresponsales propios es muy cara. Las exigencias de los medios cada vez son más grandes: tienes que hacerlo rápido, en varios formatos, volver a redactarlo de otra forma porque hay que actualizar... Se produce un dilema: salir a ver qué pasa o escribir sobre lo que pasa sin verlo. Nuestra profesión está en crisis, pero confío en que haya una demanda de información honesta, nadie puede hacerlo todo, pero puedes ser honesto y tratar de reflejar lo que ves. No puedes pretender tener la verdad absoluta, pero sí decir «he visto esto». Por eso lo de Crimea y Ucrania fue muy importante, porque encontré gente vetarana como yo que estaba escribiendo editoriales y la volvieron a poner en la calle porque era necesario conocer el trasfondo, la historia. En momentos clave se busca a gente que sabe de qué van las cosas porque la experiencia cuenta mucho. Ahí lo vi. En 2008 también me pasó, cuando la crisis de Georgia y Osetia del Sur. La mayoría de gente no sabía dónde estaba. En el 2004 enviaba cosas de Osetia y me preguntaban dónde estaba. Cuando se produce la crisis hay una demanda de información verídica.

¿Para conocer un país como Rusia hace falta mucho tiempo?
No tanto. El tiempo puede ser una ventaja o un inconveniente. Si es para una descripción superficial el que llega nuevo lo ve con ojos más frescos, pero para un periodismo analítico, cuanta más experiencia tengas, mejor.

Al leerla se nota que le gusta la crónica pura, la descripción con detalles. ¿A veces los detalles dan la medida de lo que está pasando?
Sí, pero debes encontrar esos detalles, porque no todos son iguales. Lo más peligroso en esta profesión es el grafómano, el que escribe por escribir, porque quiere escribir, sin importarle sobre qué. Son peligrosísimos. El secreto es ser selectivo con los detalles, saber cuáles tienen un valor universal y cuáles son accidentales. Ante cualquier realidad debes saber qué es esencial y qué no. Es importantísimo. Por ejemplo, en el secuestro de la escuela de Beslán, en 2004, donde murieron más de 300 personas, iba por la escuela, que estaba llena de sangre y libros deshechos. Podía hablar de la sangre y del olor a cadáver, pero lo que me emocionó fue entrar en una clase y ver el teorema de Pitágoras, el seno y el coseno. Y lo escribí. Aquel detalle era el que acercaba aquella gente a nosotros porque todos en nuestra infancia aprendimos eso. Podía escribir cualquier cosa de cadáveres, pero... (seguir leyendo)




lunes, 1 de mayo de 2017

Carta a los libros de mi vida*


@Martatorresmol
Llegaste a mí por el título: 'Nacida en domingo'. "Como nuestra hija nacida en domingo que va camino de arruinarnos a base de cuentos", creo que pensaron mis padres al toparse con él en la librería. Porque en casa, por suerte, hubo un no para muchas cosas, pero nunca para un cuento. Ni para dos. Ni para tres. Como nunca hubo un no después para un libro. Ni para dos. Ni para tres. Y así, con siete años, con aquella niña en aquel internado que sueña con una madre de cálidos ojos dorados que la adopte, descubrí que los libros sin dibujos pueden estar llenos de colores. Te leí decenas de veces. Una tras otra. Te llenaste de arrugas. Te protegí con celo. De vez en cuando aún te busco en una de las estanterías bajas de la biblioteca de mis padres. Seco, amarillento y ajado crujes (déjame pensar que es de placer) con cada caricia a tus viejas páginas.
Otros llegasteis después. Todos juntos. En un mismo paquete perfectamente colocado junto a mis zapatos más brillantes una mañana de Reyes. Otros niños quizás se hubieran decepcionado al veros. Para mí aquel paquete fue el cofre del tesoro: 'Viaje al centro de la Tierra', '20.000 leguas de viaje submarino', 'La vuelta al mundo en 80 días', 'Un capitán de quince años', 'La isla del tesoro', 'Las aventuras de Huckleberry Finn', 'Lord Jim', 'Colmillo blanco'. Con vosotros aprendí que puedes viajar sin levantar los ojos de las páginas. Y luchar. Y ver mundos fascinantes. Y conocer gente que te cae mal. Y tener miedo. Y navegar. Y naufragar. Y desesperarte. Y reír. Y avergonzarte. Y correr. Aprendí que se te puede desbocar el corazón sin salir de la biblioteca de casa hasta el punto de tener que parar y tomar aire para seguir.
Fuiste el primer libro que compré con mi dinero. Con mi paga infantil que apenas daba para un cine y una piruleta de corazón. 195 pesetas marcaba un papel bajo aquel título que me hipnotizó: 'La historia interminable'. Fui a la papelería de delante del colegio a comprar pegamento para la clase de trabajos manuales y ahí estabas. Vi tus letras en grana y verde esmeralda y no pude resistirme. Por ti sacrifiqué gustosa mi paga, mi sábado de cine y risas, mi piruleta de corazón. Fui Bastian Baltasar Bux ese sábado. Y otras muchas veces. Y desde entonces lo sigo siendo un poco cada día. Mis libros son ese desván en el que me siento protegida. Son el dragón blanco al que aferrarme y volar. Son los que me protegen del abismo cuando me acerco demasiado a la Nada y los que me salvan de las arenas movedizas que engullen a Ártax, los que hacen que cada noche Fantasía siga creciendo un poco más y los que se comen mis miedos para que pueda enfrentarme a las esfinges.
Inmenso. Mastodóntico. Cuajado de ilustraciones. Durante un primer minuto no te entendí. Lo siento. Fue sólo un minuto tonto. Un minuto estúpido en el que me pregunté cómo a mí, toda una adolescente que devoraba las obras de Shakespeare (ahora volveré a ti), me regalaban un libro aparentemente infantil: 'Cuentos maravillosos del mundo entero'. Todas las veces que mis pestañas se han congelado frente a ti, frente a tus historias y los detalles de tus dibujos, todas las veces que te he colocado con mimo en cajas de mudanzas, todas las veces que me he desesperado al pensar que te había perdido... Espero que todas esas veces puedan compensar aquel primer minuto. Me enseñaste que en el Amazonas la inteligencia de un anciano vence a la soberbia de una serpiente, que en el norte de Europa hay mujeres hermosas escondidas en pieles de foca que abandonan el mar por amor, que la muerte puede ser buena compañera de la vida si eres capaz de entenderla... Me cogiste de la mano y me condujiste a Bettelheim, a la verdad escondida en los cuentos de hadas, a hermanastras que se cortan los pies para que les quepa un zapato, a madastras que envenenan manzanas y mueren bailando, a sirenas que renuncian a su cola de pez y no son felices, a bestias que devoran bellas...
Vuelvo a vosotros. A mis ejemplares de Shakespeare, de quien lo leí todo en poco más de tres años. Todo. Empecé por 'Romeo y Julieta' (el inevitable romanticismo de la adolescencia...), pero desde que la descubrí en 'Mucho ruido y pocas nueces' fui Beatriz. Osada e irónica por fuera, dulce y sentimental por dentro. Siempre dispuesta a un duelo dialéctico, lingüístico. Sobre todo si tiene como rival al hombre que ama. Soy Beatriz. No puedo evitarlo. Prefiero una sonrisa de medio lado decorando una barba acompañada de unos ojos pícaros y encendidos y una conversación que me busca (con cariño) las cosquillas a empalagosas palabras de amor. Es irremediable, fui y soy Beatriz. Como fui y soy Penélope desde aquella surrealista y maravillosa asignatura de la universidad, 'Leyendas medievales', en la que nos tumbábamos en penumbra sobre los bancos que debían ser mesas y escuchábamos y leíamos -"guarden los cuadernos, aquí está prohibido tomar apuntes"- la historia de la dama del unicornio, las aventuras del rey Arturo, la 'Divina Comedia', el amor de Tristán e Isolda... Y en el fondo de todo, los mitos clásicos -"todo, cualquier cosa que se les pase por la cabeza, cualquier cosa que sientan, dulce o depravada, da igual, no lo duden, antes estuvo en la mitología"-, la 'Ilíada', la 'Odisea' y Robert Graves. En aquella penumbra que se imponía al sol de las tres de la tarde te leí a pedazos. Y pensé que si la aventura de Ulises para llegar a casa no era fácil, tampoco lo era la que afronta Penélope durante años en Ítaca. Cada noche frente al telar. Cada día aguantando y resistiendo a quienes quieren sustituir a su marido en el trono. Y en su lecho. Su determinación. Su astucia. Su guerra silenciosa. Su lealtad y fidelidad infranqueables. En aquella penumbra, todos hablaban del héroe Ulises. Yo hablaba de la heroína Penélope.
En un tren descubrí al auténtico Joseph Conrad y a Kurtz. Y en el mismo tren descubrí a Melville, Ahab y 'Moby Dick'. 'El corazón de las tinieblas', qué pequeño eras antes de abrirte y qué grande te fuiste volviendo página a página, mientras nos adentrábamos en ese río que aún hoy, tras más de una decena de relecturas, sigo pensando que no era un río sino la Estigia, el último paso antes del infierno. Te conozco casi palabra por palabra y sé que podría volver a leerte mañana y seguirías sorprendiéndome. Asustándome. Estremeciéndome. "¡Ah, el horror! ¡El horror!". Sin salir de ese mismo tren (nunca he leído tanto, con tanta calma y con tanta fruición, como en aquellos trayectos de más de una hora entre el barrio de Les Corts y la Universitat Autònoma), contigo entre las manos, me enrolé en el Pequod y me puse a las órdenes de Ahab. Creía que entre tus páginas encontraría aventura, no esperaba toparme de bruces con una verdad que aún hoy, cuando pienso en ella, me revuelve: Moby Dick está ahí porque salimos a buscarla, nuestros monstruos están ahí porque los alimentamos, porque los perseguimos, porque los buscamos. Todos tenemos una ballena blanca, todos somos Ahab, todos podemos acabar en las profundidades.
Y por último tú. Tú. Siempre y eternamente tú. Desde los 17 años. Te tengo en un altar. Espiritual y físico. Hindú, pero un altar. "Pon dentro a tu dios, da igual cuál sea", me dijeron. Y ahí estás tú, 'A sangre fría'. "Si vas a ser periodista tienes que leer esto", me dijo mi padre. Y te leí. Y cuando llegué a la última página me temblaban las manos y me temblaba algo más que aún hoy no sé qué era. Sólo sé que sigo acercándome a ti como quien se acerca al Santo Grial, que sigo pasando tus páginas leyendo más allá de la historia de Dick y Perry, los asesinos de los Clutter, que sigo dándole vueltas a cómo Truman Capote consiguió hacer de un reportaje una de las mejores novelas que ha pasado por mis manos. Te tengo ahí, siempre a la vista, en el cielo de mi biblioteca, junto a mi casco de Marte, recordándome todos los días la periodista que quise y quiero ser.

* Gracias, Navegante, por rescatar esta entrada del naufragio.

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